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Mayordomo……………………………Bernhard Schir Profesor de música………………..Adrian Eröd El compositor………………………….Kate Lindsey Tenor/Baco……………………………..Michael Spyres Un maestro de baile………………..Thomas Ebenstein Zerbinetta………………………………Sara Blanch Primadonna/Ariadne………………Lise Davidsen Arlequín……………………………… Jusung Gabriel Park Scaramuccio…………………………Andrea Giovannini Truffaldino………………………………Szimonas Strazdas Briguella………………………………..Daniel Jenz Ninfas……………………………………Florián Ilie, Daria Sushkova, Ileana Tonca
Director de orquesta……………..Cornelius Meister Director de escena………………..Sven-Eric Bechtolf
A veces las cancelaciones son un regalo del cielo. Resulta que Netrebko hace ya tres o cuatro semanas ha cancelado por haber estado enferma estas Navidades y no haber tenido tiempo de preparar el papel “a l altura que ella misma se exige”. Y como sustituta, ponen a Lise Davidsen. Eso es lujo y esplendor donde los haya. Y por poquito, ya que hoy mismo (día de la función), ha anunciado que espera mellizos y cancela todas sus actuaciones desde marzo a diciembre.
Tras este “cambio felice”, el cast queda casi ideal para eta ópera. Kate Lindsey es una mezzo de voz clara — últimamente están muy de moda— y quizás le falta algo de lustre en los graves, lo que hace que la parte más arrogante de la personalidad del Compositor se le quede un poco floja, pero el fraseo y la emisión son muy emotivas; canta verdaderamente con el alma, y sus efusiones líricas con Zerbinetta las convierte en una apasionada declaración de amor.
Estupendo el maestro de música de Adriàn Erod. La voz es la adecuada, bien proyectada y desde la sobriedad actoral, convence plenamente en su papel. Y muy correctos todos los secundarios, el parlanchín mayordomo incluido.
La escena es muy sencilla; las tres paredes de un gran salón con una abertura al fondo donde se ve un jardín; en el centro una mesa donde el mayordomo reparte caviar en boles de cristal y colgando del techo una típica araña vienesa. Esto mismo se convierte en un gran camerino común con espejos enmarcados por bombillas, donde las dos divas y el resto de personajes se retocan mientras va teniendo lugar la acción. En el primer acto vemos, en primer plano, el escenario de un teatro palaciego, al fondo dos hileras de filas de butacas en disposición de gradas, y el fondo lo componen dos cortinajes semiabiertos donde se ve nuevamente el jardín. En el proscenio, tres pianos de cola desvencijados — solo las cajas y las tapas, sin teclas ni arpa interna- las patas rotas, situados a distintas inclinaciones, como si hubieran entrechocado entre ellos, evidentemente confirmando la gruta y las rocas de la isla desierta en la que se lamenta Ariadna. Todo muy sencillo, bonito y eficaz.
Las ninfas estuvieron correctas tejiendo el encaje de bolillos vocal escrito por Strauss para ellas; coronadas sus cabezas con una especie de cofia de plumas, si no fuera por las túnicas que cubrían pudorosamente sus cuerpos, y los movimientos pausados y ondulantes, hubieran parecido figuras de samba. Muy atentas al director, que bastante tienen ya con no perderse en sus sinuosos arabescos.
De Michael Spyres esperaba más en este papel, pero es que creo que debía de tener o haber pasado por un ligero resfriado. Algún agudo inicial sonó esforzado , y aunque luego la voz se calentó y la emisión le quedó más suelta, tuvo un instante de falta de fiato que resolvió con mucha profesionalidad. No obsatante, es un gran cantante con un timbre muy atractivo, denso y baritonal, y todo el final con Ariadna le quedó bastante aseado a pesar de que el registro agudo sonó en general bastante mate. Como actor no es gran cosa, y vestido con una especie de pijama de dos piezas con estampado de pantera, que ni el Versace más hortera hubiera pergeñado — con Davidsen sacándole una cabeza — cosa q a ella le debe suceder de continuo con sus parteners— lo cierto es que daba la imagen de tenor pretencioso y un poco patán que seguramente sirve al personaje del libreto
Sara Blanch, si nada se tuerce, está destinada a engrosar el ya abundante plantel de cantantes q han conformado y conforman la aportación más importante q nuestro país ha hecho al mundo de la ópera. Ella ya ha dicho varias veces que cada vez siente más la responsabilidad, y no me extraña. Yo, como espectador que la ha visto unas cuantas veces, cada vez voy con más expectativas al teatro y me doy cuenta de que exijo más de ella. Pero me parece que así debe ser con los grandes artistas.
Resultó menos convincente en el prólogo, donde la tesitura más central no hace brillar tanto la voz. Pero el aria, la naturalidad y agilidad de la emisión, el timbre tan armónico, la coloratura milimétrica sin el más mínimo asomo de esfuerzo y la afinación pluscuamperfecta, resultó espectacular. El volumen es suficiente, aunque hay momentos en que la proyección quedó algo justa, posiblemente por la cantidad de cosas que tiene que hacer. La pronunciación del alemán es correcta, pero la dicción puede ser más clara, ahí puede hacer un trabajo para que se entienda perfectamente todo lo que dice.
Escénicamente, ya desde el comienzo, donde se lanza con gracejo en los brazos del mayordomo para estupor y contento contenido de éste, dejó claro que en este aspecto iba a estar muy por encima de todos. Pero después, hacer un aria tan complicada donde la más mínima distracción puede dar al traste con todo, tiene mucho mérito: cantar todas esas escalas, notas picadas, glisandos y arabescos mientras salta dentro de la caja vacía del piano inclinado a 30 grados, se desliza unas cuantas veces por la tapa como si fuera un tobogán, camina con los tacones por el filo inclinado de la misma caja , esta vez ayudada por dos de sus compañeros, lee y deshecha hojas de partituras q le pasa el compositor para que corrija unos arpegios q a él no le gustan….. todo ello con el encanto, gracia y picardía que caracterizan al personaje. en fin , una exhibición que coronó con un magnífico mi natural, y que recibió un estruendoso aplauso del público. Ella, que había quedado subida al piano y de espaldas, supo agradecerlo de una forma muy elegante.
Y me dejo para el final a la Reina de la Noche ( no es Serena Sáenz, que tuvo el ensayo general del papel esa misma mañana para estrenar el lunes), sino Lise Davidsen, un fenómeno vocal de esos q salen una vez cada generación. Es la cuarta vez q la veo y la que más me ha convencido de todas. El sonido es como una columna broncínea q desde unas profundidades abisales cimenta una estructura vocal que permanece firme y tersa en todo el registro. No solo eso, sino que es capaz de apianar y hacer unas medias voces y filados que no son creíbles en una voz tan grande. El volumen lo maneja a voluntad, desde el estruendo al susurro.
El legato con que cantó “Es gibt ein Reich”, y la brillantez de los Si bemol fueron de libro. El centro es lleno, inmenso, casi matérico, pareciese que puedes “tocar” su voz. Los agudos vibrantes y cálidos, aunque de vez en cuando se puede escuchar un reflejo metálico, más frío y diamantífero, pero en absoluto desagradable. Por ponerle un pero, y una vez superado el asombro que produce la voz, tiene que ganar en refinamiento.
Todo lo que tiene de gran cantante no lo tiene de actriz. Más bien sosa en escena, afortunadamente para ella, Ariadna le va muy bien su estatismo y poca gestualidad. Estuvo simplemente correcta en las interacciones con la troupe de saltimbanquis y en su escena final con Baco, donde dejó eso sí, unos vocalísmos para el recuerdo.
Gran sonido orquestal y dirección un poco mortecina para mi gusto.
Me encantó la dramaturgia del final (spoiler), q demuestra q siempre se pueden aportar cosas nuevas sin necesidad de irse por los cerros de Úbeda.
Cuando Ariadna y Baco terminan su apasionado dúo entre las rocas pianísticas, suben de la mano las escaleras que separan los dos bloques de butacas hacia los cortinajes tras de los cuales se ve el jardín, pero al llegar arriba, se despiden con un frio beso en la mejilla y una mutua chufla. Entretanto, Zerbinetta , que ha salido de un lateral a decir su última frase, y sigue en primer plano al lado de los pianos , ve cómo el compositor se acerca a ella, y , con un apasionado beso encima de los destartalados pianos/rocas termina la ópera. Es decir, mientras los espectadores del teatro palaciego han visto el amor sublime de Baco y Ariadne, nosotros, espectadores de la Staatsoper en juego de espejos, hemos visto a los cómicos, y son finalmente, la frívola Zerbinetta y el arrogante Komponist quienes de verdad nos tocan la fibra emocional.
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