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Os paso un artículo que me pidieron que escribiera en un periódico digital sobre el concierto de Baremboim en la Plaza Mayor. Creo que, aunque nosea de actualidad, la idea que quería expresar sigue siendo vigente.
Barenboim, el arte de hacerse amar
Últimamente hemos podido comprobar una vez más que la política es cuestión de arte, arte de tramoyista. A estas alturas, ninguno teníamos dudas de que así fuera este mundo traidor en el que nada es verdad ni es mentira, y que todo es según el color de cristal que el partido gobernante de turno coloca delante de nuestra córnea.
Con el concierto del pasado viernes, Daniel Barenboim y la Staatskapelle regresaron a Madrid e interpretaron la subtitulada “Heroica”, tercera sinfonía del sordo genial de Bonn. Frente a la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor se situó el escenario desde el que la orquesta teutona y su director no pudieron hacernos disfrutar de la música de Beethoven, a causa de un inútil sistema acústico. Pero era ante este escenario donde se encontraba realmente la escena. Un desfile interesante, encabezado por su majestad la Reina Sofía, seguida de Rodríguez Zapatero, Carmen Calvo y Alberto Ruiz-Gallardón, demiurgos del acontecimiento, Miguel Ángel Moratinos, María Jesús San Segundo…
Concierto simbiótico. Como es sabido, desde hace cinco años el director argentino aterrizaba en el Real con un montaje operístico. Este año estaba preparado el título “Moisés y Aarón” de Arnold Schöenberg. A última hora, la Comunidad de Madrid, que actuaba de “paganini” en el proyecto, decidió retirar su apoyo porque consideraba desorbitado el precio y elitista la obra programada.
El primer argumento es contundente: por cada butaca ocupada del Real Don Daniel se llevaba 1120 euros, aproximadamente, que salían de las arcas de la CAM. Estos dineros (400 millones de las antiguas pesetas) ayudaban mucho al equilibrio presupuestario de la Staatskapelle. La imprevista cancelación de este año significaba un duro golpe económico para la agrupación germana, que no alcanza el nivel de calidad que se le debería exigir por lo que se le remunera. En Madrid hemos podido disfrutar de orquestas de igual o mayor categoría (por ejemplo, varias del Este de Europa). La segunda razón es una simpleza más de las que vamos a tener que escuchar de boca de los responsables autonómicos en lo cultural.
Pero la orquesta y su director no tendrán que preocuparse, mientras Ruiz-Gallardón sea jerifalte con potestad en cualquier administración pública. El Ayuntamiento y el Ministerio de Cultura aunaron fuerzas y tendieron la mano a quien se había quedado descolgado.
Concierto gratuito para el público, y por lo visto también para el erario. Sin embargo, el 19 de julio el Patronato del Teatro Real se reune con la Ministra Calvo y, aunque parecen que los cambios todavía no se van a producir, cada vez se van dando más pasos que nos acercan a él. Por si cabía alguna duda, Barenboim manifestó públicamente que en “este momento no quiere aceptar ninguna responsabilidad que huela a Administración”; pero los momentos no tienen una duración exacta. Quizás este no sea el fruto que espere Barenboim, pero nadie planta sin esperar cosecha.
Son muchos los “réquiem” que se deberían entonar en nuestra ajada piel de morlaco. Uno de ellos el de la gestión cultural, que está “corpore in sepulto”. Un maestro de la sencillez como Antonio Machado decía que es propio de necios confundir valor y precio. Desgraciadamente en España sufrimos de este mal cuando al arte y la cultura se refiere. Aquí, el arte que mejor se nos da es el de la tramoya, y somos capaces de tornar un pugilato demagógico de burócratas en un homenaje a las víctimas del terrorismo, con sólo colocar 192 rosas.
Un saludo
Kraus
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