Días wagnerianos.

He vuelto a esta versión denostada por muchos, pero que siempre he disfrutado. La dirección de Boulez se puede ajustar al segundo acto, que es el más enérgico. En los dos restantes tiene fallos, como en el interludio del primer acto, al que no conviene la rapidez, y sobre todo al acto tercero, cuya dirección del preludio y del final, a los que la rapidez no conviene en absoluto. El reparto es de campanillas, pero semejantes voces, criadas con la tradición, chocan con la rápida dirección del francés. Excelentes Crass y King, así como Jones que hace una Kundry sensual, aunque un poco gritona (de terror los gritos de Kundry cuando despierta).

Preparándome para la transmisión en vídeo del Festival de Bayreuth del Rienzi, por primera y -lastimosamente- única vez en su historia. Esta, de 280 minutos, es la versión más larga disponible de esta ópera, que no nos llegó completa debido a que el manuscrito original pereció en la sangrienta Batalla de Berlín al final de la Segunda Guerra Mundial. Al oírla uno piensa muchas cosas: que uno entiende que no haya pasado al canon wagneriano porque aunque hay muchos indicios, el nivel no se compara con
El Holandés Errante, pero por otro lado también se llega a la conclusión que esta ópera merecería mejor suerte, porque escenificada gana mucho. Hay momentos que me recuerdan al belcanto, pero para mí la grand-opèra es el belcanto francés. Wagner envidiaba la fama de su compatriota Meyerbeer, pero consideraba que su música era arte, y la de su colega judío era un
blockbuster. También se entienden los cortes, porque dura demasiado: se pierde mucho tiempo en ballets y marchas, aunque sean muy buena música. El final del ballet del segundo acto y la marcha del tercero son tan potentes que uno entiende por qué luego esta ópera influiría negativamente en el pedante y salvaje al mismo tiempo, nacionalismo alemán. Hay momentos preciosos como el coro inicial del segundo acto, o el coro en latín offstage del cuarto, pero el aria de Adriano "In seiner blüte", tan popular a principios del siglo pasado, no llega al nivel de la obertura ni la famosa plegaria de Rienzi en el acto final. El gran mérito de esta grabación es que es lo más cercano que tenemos a lo que se escuchó en su estreno de 1842, ya que, cosa imposible de pensar en el canon, en esta y en las otras dos obras juveniles del maestro, el corte es la norma. La interpretación es correcta, y cuenta con expertos wagnerianos como el maestro Downes, el tenor John Mitchinson y el bajo David Ward. Uno piensa que con una orquesta alemana y voces más expertas esto sería la referencia total, y quién sabe si la versión más completa, se habría representado más.