
Quizá la
Cavalleria más interesante de la era DDD.
La heterodoxa y magnífica dirección de Giuseppe Sinopoli enfrenta al aficionado a sus contradicciones, esas que le llevan a decir habitualmente que no quiere "lo de siempre" porque lo tiene muy oído, pero cuando se le plantea algo verdaderamente novedoso, trabajado y, a su forma, enormemente expresivo (que, a fin de cuentas, es de lo que se trata) le cuesta decir que le guste porque, en el fondo, es lo de siempre lo que añora. Si bien puntualmente las turgencias de Sinopoli pueden sonar autocomplacientes, son las menos (y, además, siempre son dramáticamente justificadas): en general, el veneciano apuesta por sonoridades secas y cortantes, descriptivas de una Silicia sangrienta pero árida, al tiempo despiadada, religiosa y trágicamente "familiar", muy parecida al
Stromboli que retrató en el cine Roberto Rosselini, e igualmente conmovedora.
Aunque le cueste "poner" algunas notas, Plácido Domingo está totalmente en su salsa (incluso en la Siciliana, de la que no puede decirse que sea poética, pero sí sensual) y hace verdadero teatro musical en el dúo central y en el final de la ópera. Agnes Baltsa lo está menos: ella lo intenta hasta el final, pero el fraseo es interesante solo a ratos, el legato es problemático (uuugghhh el número de Pascua) y los registros demasiado distintos (los dos "fate bene" a Lola del dúo parecen hechos por dos cantantes diferentes). Pons, en su línea, "suena" pero no crea un personaje, Susanne Mentzer canta muy bien, Vera Baniewicz canta muy mal y el coro, sin ser trascendente, es cumplidor.