
Grabación en la que todo está bien, pero todo está mal.
Auvidis Valois llevó a cabo en los años 90 una iniciativa muy interesante de grabar títulos zarzuelísticos con las condiciones musicológicas y técnicas que permitía la época (toma de sonido, integridad de las obras, calidad de los conjuntos orquestales y corales, etc.). Se hizo, en general, desde un enfoque serio, con el (estimable) convencimiento de que eran obras que debían abordarse reconociéndoles toda su dignidad. En ocasiones funcionó muy bien (
Doña Francisquita, Goyescas, La Tabernera del Puerto, me atrevería a añadir
Bohemios) pero otras veces resultó palmario que la corrección formal, incluso si era excelente, no garantizaba por sí que se aprehendiese el humor, el espíritu y la chispa original de las obras ("acuden a la academia queriendo sacar la gracia lo mismito que se saca el carné de conducir", que decía Carlos Cano). Y esta fue una de esas veces.
La Orquesta Sinfónica de Tenerife toca muy bien (demasiado bien en ocasiones, visto el peso wagneriano que da al tema de la guardia valona al principio del acto segundo) y el coro universitario de La Laguna tiene voces jóvenes muy bien afinadas, pero un tanto planas de expresión; la introducción y la jota del acto I están muy bien, pero el número femenino del pajarito y el camisón (una pieza mal envejecida, por otro lado) resulta bastante insípido. Sin embargo, es Víctor Pablo Pérez quien confunde, en general, los términos, al intentar dar a la obra una pesantez y una contundencia que le resta todo el vuelo sin que, por ello, la obra gane nada en empaque musical.
El reparto, en general, confunde a Barbieri con Mascagni, frasea de forma bastante pedante (horrendas las Vs sonoras que hace todo el mundo, en plan "este es el sitio frente a la vfvfvfventa", aunque después todos digan "barberiyyyo") y no siempre canta bien. Manuel Lanza (¿a quién se le ocurrió?) no puede con la tesitura del personaje: en forte y a voz plena termina dando las notas de la seguidilla (aunque la ironía y la picardía de la pieza se pierden por entero), pero en cuanto apiana cala y se destimbra ("Aquí está Lamparilla"), y al final, el suyo es un barberillo sombrío y agobiado, que no evoca en ningún momento la alegría de vivir que debería ser la esencia del personaje. Lola Casariego no canta mal, pero su Paloma resulta anodina y sin personalidad. José Sempere (que en la carátula aparece por detrás de Juan Pons, el cual solo hace el cameo del barítono en el terceto del sitio frente a la vfvfvfventa) es solvente, pero tiene una emisión tensísima y dramática que no va mucho con la obra. Finalmente, María Bayo aún está en un buen momento vocal (que, honestamente, duró bastante menos de lo que solemos reconocer), pero su Marquesa del Bierzo no es la audaz mujer de Estado que retrató, por ejemplo, Olaria, sino una pija redicha y cursi (espantosos los picados "pa-a-a-a-a-ra ti" en el terceto con Lamparilla) que, en el momento saramontieliano del dúo del tercer acto ("Misté qué rediós") da vergüencita ajena.
En suma, un disco que si quería presentar la música íntegra del Barberillo y que todos supiésemos cómo suena, lo hizo muy bien, pero si quería enseñar qué es
El barberillo de Lavapiés, lo hizo muy mal.