
Convengamos en que, sin ser
Con faldas y a lo loco ni
El jovencito Frankenstein,
El diablo viste de Prada (¿a qué se refieren cuando dicen
product placement?) fue una comedia agradable y simpática que "acertó" en su momento. Aunque Anne Hathaway volvía a hacer el mismo papel de patito feo con corazón de oro que "capta" la idiosincrasia snob y aprende a ejercerla que ya había hecho en aquellas películas insoportables de la princesa accidental en el reino imaginario de Julie Andrews, estaban muy bien tanto Meryl Streep en modo autoparodia (y desafío explícito a la Cruella de Vil de Glenn Close), como Emily Blunt y sobre todo, el siempre excelente e infravalorado Stanley Tucci.
Pero esta secuela 20 años posterior es totalmente innecesaria, aburrida, carente de guion y, en una palabra, profundamente idiota. Esencialmente, Meryl Streep tiene un montón de problemas todo el rato, Anne Hathaway tiene un montón de soluciones (algunas verdaderamente risibles) todo el rato, Emily Blunt es una mala buena que no sabe si ser mala mala, buena mala, buena buena o todo lo contrario, un montón de gente de la moda se da de galletas por hacer un cameo en plan película de Torrente, Stanley Tucci es trágicamente desaprovechado y el resto de personajes (en general, buenas decisiones de casting si hubiera habido un guion) no llegan a adquirir ninguna personalidad. Y la gran tesis final de la película es que, en un mundo de superficialidad e inteligencia artificial, aún nos quedan, como referente intelectual, las revistas de moda. Con un par.
Lo mejor fue que antes del cine cenamos con nuestro amigo Iker, con quien la vida siempre es sencilla y muy divertida. Pero Iker no se quiso quedar al cine. Por qué no le escucharíamos.