
Fue bonito mientras duró, ¿no es cierto?.
A mediados de los 90, Samuel Ramey estaba un poco en Belén con los pastores y andaba haciendo cosas de acá para allá (el Felipe II, el Zaccaria, Oroveso, pero también los villanos del Hoffmann o el Mephisto del Faust). La verdad es que tiene ser complicado haberlo sido TODO durante década y media y haber resignificado el concepto de bajo rossiniano y encontrarte con que tu repertorio clave ya no se hace, o no de "esa" manera, vocalmente has menguado un punto y que cuando te pones a buscar otras vías para mantenerte lo haces bien pero tampoco lo petas. Pues como el actual caso Juan Di. Por contra, Thomas Hampson estaba en el top y era figura omnipresente en todos los teatros americanos y europeos, cosa que siempre fue un poco un expediente X porque no era un cantante con un instrumento especialmente dotado, el timbre no era especialmente bello y masticaba consonantes y vocales a niveles del cocodrilo tragabolas.
Bueno pues aun con todos los pesares comentados, es un disco disfrutable. No, desde luego, los dúos cómicos. Bien ambos en el del "Matrimonio segreto", de una comicidad seca y aspera, pésimamente delineado el del "Don Pasquale", muy "americano" y con un canto silabato demencial y si bien Ramey sostiene bien la asperísima tesitura que le impone el duo del "Giorno di regno", Hampson no le puede seguir y enseña unos agudos tiesos como carámbanos. Los dúos serios son otra cosa y ambos están muy bien en el del "Don Carlos" (en francés) en dos papeles a los que les tenían bien cogida la medida y en el de "Marino Falliero", verdadera piedra de toque del disco. Hampson está bastante descomputado en el dúo del "Simon Boccanegra" y si bien el legato en el cantabile "Del mar sul lido" es de todo respeto, Ramey se lo merienda. Igualmente merendado es Hampson en el dúo del "Attila" con Ramey ya en horas bajas pero siempre de expresión justa y fiera.