
Sigo con el Anillo scalígero, que ha terminado su andadura en Milán tras dos años. Ha pasado un mes desde que vi Valquiria.
Ahora le toca el turno a Sigfrido, la ópera de la esperanza, de la juventud desbordante, después de la tristeza con la que se cierra Valquiria.
David McVicar continúa con su "tradicional" producción del Anillo, en que expone un ambiente lóbrego y oscuro, pero que no dificulta la comprensión de la obra para el espectador. En esta ocasión se une lo tradicional con lo moderno. La cueva de Mime, que parece en muchos aspectos heredera de la de Harry Kupfer en Bayreuth, no por similitud sino por estética, que parece punk, con el enano vistiendo un abrigo de leopardo y a veces llevando tacones. Sigfrido parece un obrero recién llegado de la fábrica. Aunque al menos aquí hay espada, yunque y forja. El segundo acto, sin embargo, me parece un éxito. El bosque está formado por un híbrido entre troncos pelados y esqueletos, sobre un fondo iluminado de negro y gris oscuro, que da un ambiente de tenebrosidad que resulta poderoso en la primera escena. Este bosque no es bello, es lúgubre y da miedo, está maldito por la codicia por el oro que guarda Fafner, aquí adoptando la forma de un gran esqueleto. De nuevo se ven a los actores-tramoyistas que mueven al dragón y al pájaro del bosque, aquí un muñequito, a cuyo lado se encuentra la cantante vestida a lo punky. Alberich aparece vestido con una chaqueta bicolor, azul y roja, con una corona de juguete, totalmente sucio, como un rey destronado. El tercer acto destaca por su minimalismo, dando una ambientación de fantasía. La escena del Viandante y Erda aparece presidida por un enorme globo, el cual desaparece cuando viene Siegfried. La escena del dios y su heroico nieto transcurre en una escena vacía, ahora presidida por un enorme círculo proyectado, que cambia de colores, una preciosa imagen fruto de la iluminación. La roca de las Valquirias es la misma que en actos precedentes: una enorme mano sobre la que duerme Brunilda.
Simone Young realiza una dirección orquestal que va de menos a más. En el segundo acto da una brillante versión del preludio, y la trompa está magnífica en su solo. El tercer acto mejora aún más, desde el preludio, hasta las cuerdas sonando bellas, casi en piano, cuando Sigfrido descubre que Brunilda es una mujer, y luego cerrando una destacable labor desde el foso.
El reparto, en cambio, no es para tirar cohetes.
Una de las cosas que me daban recelo era ver a
Klaus Florian Vogt y a
Camilla Nylund como la pareja protagonista, porque ninguno de los dos tiene una voz ideal para esos personajes, y la impresión que da tras escucharlos es la de un ejemplo de quiero y no puedo, de libro. Vogt tendrá voz, aguantará como pueda, pero lo que no tiene es el timbre para el gran héroe. Su voz puede no desentonar en roles como Lohengrin o Walther von Stolzing, por aquello de su lirismo y el timbre juvenil del cantante, pero aquí no solo resulta creíble a medias (como en el acto segundo), sino que termina en muchos momentos por resultar inane. En los dúos con Mime, su voz se confunde con la del enano. Su mejor momento es los murmullos del bosque, pero por muy juvenil que suene su voz, no puede con Sigfrido. Y del mismo modo Nylund: si en Valquiria tuvo sus más y sus menos, aquí se limita al vibrato excesivo y al grito, lo que hace que su actuación no parezca creíble: parece estar regañando o arengando a Sigfrido, en lugar de decirle lo que lo ama. Es una pena que esta soprano que era solvente en roles como Elisabeth, Eva o Elsa, se esté rompiendo la voz con Brunilda, casi lo mismo que Ricarda Merbeth.
Michael Volle es un Viandante-Wotan que pone la intención, la experiencia y la autoridad escénica. Incluso si al personaje le puede venir bien un poco de guturalidad debido a su edad y recorrido, termina por echarse en falta un poco de nobleza. Aquí su Wotan es irónico y socarrón, más que misterioso y temperamental. Y lo mismo le pasa al ligerísimo
Olafur Sigurdarson como Alberich: el barítono le pone entrega, sabe actuar al personaje y transmitir su rabia y su maldad, pero el grave no está ahí, con lo que a nivel musical se queda inane, y uno no se cree que en el pasado fue alguien tan poderoso como Wotan. Aunque sí casa con el vagabundo en el que McVicar convierte al otrora señor de los nibelungos.
El veterano
Wolfgang Abilinger-Sperrhacke se corona como el mejor del elenco, junto a
Anna Kissjudit como Erda. Él por su genial voz de tenor cómico, su interpretación repulsiva y grotesca del enano, y ella por su bellísima voz de contralto, rotunda, grave y como actriz transmitiendo la confusión y el desasosiego del personaje.
Ain Anger fue un notable Fafner. Sorprendente
Francesca Sopromonte como el pajarillo del bosque, no solo por su estética que recuerda a Lisbeth Salander en Millenium, sino por su potente y carnosa voz, lejos de la ligereza y jovialidad de las sopranos de coloratura o jilguero que interpretan este personajillo.
Cuando se pueda, cerraremos con Ocaso.