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Tiene buena pinta ese registro. No lo conocía. Y Ponnelle seguro que ofrece cosas interesantes. Al Schreier veterano yo tampoco le aguanto.
Sobre Simone Young y la Filarmónica de Viena, su relación se remonta a 1993 (Staatsoper) y 2005 (Musikverein). Más dilatada que la de Nezet-Seguin, Dudamel y Nelsons. La edad cuenta, pues Young tiene 64. Por trayectoria es evidente que tiene rodaje. Lo hablaba con unos amigos ayer, y llegamos a la conclusión que los vieneses tienen una especie de juego de contrapesos para manejar por un lado el prestigio musical y por otro la cuestión mediática:
1. Una serie de directores veteranos del certamen, que a su dilatada trayectoria unen complicidad con la cita. Pensemos en el trío de las "M": Maazel (porque le tocó dirigirlo como director de la Staatsoper cuando Boskovsky se jubiló), Mehta y Muti. Ojo que estos dos no entraron con buen pie en 1990 y 1993, respectivamente, pero es que tener el año anterior a Kleiber era demasiado, e incluso Muti en su segunda cita (1997), estuvo peor. Eso sí, luego lograría cosas importantes, mientras que Mehta en 1998 deslumbró, un concierto de programa y estilo excepcional, y por eso cuando se le anunció de nuevo para 2007 la alegría brotó por los poros de la crítica.
2. Una serie de figuras que pretenden relanzar la marca, bien por dirigirse a un sector concreto (Ozawa con el japonés: sí, era director de la Staatsoper, pero apenas pisaba por allí, primero por compromisos y luego por razones de salud), bien por su juventud y trato cercano (Dudamel, Nezet-Seguin).
3. Una serie de pesos pesados de la dirección que, siendo o no afines a lo vienés, tienen un alto nivel técnico y por razones morales se lo merecen y elevan el nivel histórico de la cita: Karajan, Kleiber, Abbado (llegó, eso sí, por ser director de la Staatsoper de Viena, pero luego repitió y quisieron volverle a traer, pero los compromisos con la Filarmónica de Berlín lo impidieron, y el primer concierto de Abbado fue histórico, el segundo estuvo, a mi ver, un poco por debajo), Bernstein (que falleció meses antes), Barenboim (mejor su primer concierto que el segundo, y en el tercero, a mi juicio, pinchó), Thielemann o Nelsons.
Y podríamos añadir una cuarta categoría no buscada: tapahuecos. Que en algunos casos triunfan indiscutiblemente: Maris Jansons, que en 2006 firmó el mejor concierto después de un comienzo de siglo irregular (dos exotismos de Harnoncourt, Ozawa fuera de estilo, Maazel ya demasiado encasillado...), repitió en 2012 con un concierto redondo, y en el tercero ya se le notó minado por la enfermedad. Otro ejemplo sería Prêtre, que aunó frescura sin un especial refinamiento sonoro, pero en todo caso bien integrado en el estilo. Y luego tendríamos al de reserva: Franz Welser-Möst, querido en su país, flemático, que no depara sorpresas (ni buenas ni malas) y que en la crítica se va a mantener en un neutro.
Por cierto, escribo esto mientras escucho a Jansons en 2012, abriendo con la Marcha patriótica y las Danzas del Ayuntamiento, dos grandes obras que sonaron entonces por primera vez y que habría que rescatar. Y si a eso le sumamos un sonido típicamente vienés en balance y con las trompas cálidas refulgiendo, pues miel sobre hojuelas.
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