
Encuentro tardío, imperfecto y, con todo, fascinante de dos (en realidad, tres) talentos que, hasta cierto punto, estaban condenados a encontrarse.
No sé si siempre hemos sabido amar a Charles Mackerras de forma proporcional a sus méritos: musicólogo, investigador y "curioso" a la altura de Zedda o Bonynge, intérprete a un tiempo sabio y "disfrutón" de un repertorio muy amplio y siempre un músico teatral e interesante. Incluso la relativa asepsia que infunde en el aficionado medio, siempre más devoto de directores más geniales, más grabados o, al menos, más italianos le da un punto de músico minoritario y "de culto" que, por otra parte, resulta, si se me permite, tremendamente australiano. No sé qué le llevó a acercarse a Janacek en los años 70 y 80 y estudiar, "restaurar" y grabar a un músico casi indescifrable, enmendado y reorquestado en su propia tierra y entonces casi desconocido en Occidente, cuyo teatro musical (desgarrador) se construye sobre bases minimalistas, armonías muy difíciles y leitmotivs que sirven más a la prosodia (¡a la prosodia checa!) que a la melodía, pero ello constituyó, sin duda, uno de los episodios más felices de la ópera en el siglo XX.
Al otro lado del telón de acero, también la grandísima, y asimismo algo olvidada, Gabriela Benackova (tuvo que llegar internet para que los de pueblo aprendiésemos que se decía
Beñéshkofa) hacía grande a Janacek, un genio patrio en la antigua Checoslovaquia, encarnando espléndidamente sus papeles protagonistas (en concreto, su conmovedora encarnación de Jenufa en la grabación de Jilek en 1978, a mi modo de ver, no se ha superado desde entonces). Por ello, que estos dos músicos hiciesen una "gran" colaboración janacekiana era casi una deuda con la historia.
¿Llegó tarde? Sí, pero no demasiado. En 1997, Mackerras ha perdido la inocencia y ya no se asombra ni nos asombra con la partitura como en su referencial grabación para DECCA, pero crea una "bruma" sonora ocasionalmente un poco pagada de sí misma, pero siempre muy bien construida y, sobre todo, muy teatral. Benackova tampoco es ya la soprano joven y radiante de la Jenufa antes citada ni tiene el erotismo inconsciente y poético de Söderström, de recuerdo imborrable, pero en su madurez, hace una lectura más explícita, más nerviosa y doliente del personaje de Kat’a, mucho más cercana a Tennessee Williams que a Chéjov. Más convencional resulta Eva Randova, si bien la inteligente cantante comprende muy bien el puritanismo hipócrita y la terrible maldad de esa Bernarda Alba checa que es el personaje de la Kabanicha. Esa misma comprensión "intuitiva" de su papel (y su dominio, al igual que el resto del reparto, de la demencial prosodia checa) rescata también a un Peter Straka muy corto de medios, y solo a la mediana Dagmar Peckova se le escapa dar verdadera estatura humana al ambiguo personaje de Varvara, una joven que siempre trata de remar a favor del viento entre la moral de su madre y la pasión de su cuñada.
Una lectura, a fin de cuentas, de segundas opiniones sobre una obra cuya referencia ya había sido establecida, pero siempre interesante.
Qué obrón, pero qué obrón más estremecedor, es
Kat’a Kabanova.