
Incluido en el ciclo "Grandes Voces" del Teatro Real --cada vez más reducido (sólo tres recitales en esta temporada), y siempre con grandes huecos en el aforo--, se ha contado, en esta ocasión, con la excelente soprano lituana, que también figura en el primer reparto de las funciones del
Otello que se están representando como inicio de temporada. La propuesta: un exigente programa, que sirvió para dar visibilidad a un repertorio que no suele escucharse por estos lares, así como para mostrar el dominio expresivo de
Grigorian, su sensibilidad como intérprete, y las condiciones vocales que exhibe actualmente, pues hubo de todo (y con alto nivel): exigentes notas agudas, filados, pianos, medias voces y mucha, mucha entrega, aunque siempre contenida. El programa se dividió en dos secciones: la primera (la más floja, a mi entender, y más breve) dedicada a Chaikovski; la segunda (de mayor enjundia) a Rajmáninov. En medio de las obras vocales cuatro estupendas intervenciones en solitario del pianista (y acompañante)
Lukas Geniušas: dos de cada autor y las cuatro magníficamente servidas (me quedaría, especialmente, con los dos
preludios de Rajmáninov, aunque su versión del bello
Romance en Fa menor para piano, op. 5 de Chaikovski tampoco fue baladí. Lo cierto es que la temperatura fue subiendo y ya, al pasar el ecuador de la segunda parte, hubo quien no pudo contener su gozo y lanzó un extemporáneo
"brava" en medio de la interpretación. Es posible que tal expresión de fervor antes de concluir la pieza no sea ni lo más ortodoxo, ni lo más conveniente (sobre todo porque puede desconcertar a los intérpretes), pero no cabe duda que lo allí escuchado justificaba el entusiasmo. A mí me dejó especialmente boquiabierto el soberbio (y largo) filado que Grigorian se marcó en una de las canciones (ahora mismo no recuerdo en cuál de ellas): amplio, timbrado, perfectamente sostenido por la columna de aire. Espectacular. Para concluir y satisfacer las peticiones que se escondían tras los continuos aplausos del entregado público, ambos intérpretes ofrecieron, como único bis, otra canción de Rajmáninov: la número 7 del Op. 14
"No lo creas" ("Believe it not!").Por cierto: mucho peor que el referido
"brava", o los interruptores aplausos, fueron los continuos ruidos y golpes que procedían de las butacas. Se ve que el público andaba muy afectado por la famosa pulga del cuplé.
Aquí pueden ver la excelente
crítica que José Mª Marco ha dedicado a este magnífico e interesante concierto.
EDITO: y
aquí la crónica de Tunner en
Codalario.