De la dualidad de planteamientos que habían dominado la interpretación de La Flauta Mágica (simplificando muchísimo cosas muy difíciles de explicar, al menos para mí, entre la visión "popular-fabulosa" de un Beecham y la "iniciático-filosófica" que tuvo como paradigma el celebérrimo disco de Klemperer), los años 80 y 90 parecieron decantarse por una visión solemne-ma-non-troppo, como si todos los directores quisieran demostrar que ellos "ya habían entendido" todas las capas de la obra pero optaban por plantearla, ahora que el historicismo llamaba a la puerta con fuerza, con cierta "elegancia", ligereza y civilidad de ejecución: ello hizo que la síntesis última de la obra, en la que cada nota de la esfera de Papageno tiene tanto valor como cada nota de la de Tamino, se resintiera a veces por falta de magia, de capacidad de asombro, de infancia (acertaron en este aspecto, sin embargo, Solti II y, quizá contra pronóstico, Sawallich en vídeo).

Una grabación muy extraña, en la que nada está "mal", pero sin embargo, todo está mal. Lo que da mucho coraje, porque en los años 50, dentro de las limitaciones de la época pero apoyado en el fenomenal sentido mozartiano de Anton Dermota y Erich Kunz, Karajan había logrado la "cuadratura del círculo", uno de los mejores equilibrios en disco entre el teatro de marionetas y el Tratado. Pero Herbert se ha hecho mayor, y ahora nos quiere contar cosas mucho más importantes; tanto es así, que uno termina por no entender nada. La Filarmónica de Berlín, de sonidos impensablemente bellos, no "avanza" con la historia, inerte y estática como nunca, y aunque todos los cantantes cantan muy bien (salvo Karin Ott, agria, dura y dificultosa, que es como la suegra de la Reina de la Noche) pasan por la obra sin sentir ni padecer, como si les hubiesen hecho esperar más de media hora entre toma y toma durante toda la grabación. Hornik es un Papageno que no disfruta de la vida, Mathis confunde a Pamina con una esfinge, van Dam hace cosas interesantes pero suena artificioso, Nicolai no se entera de la importancia de la escena del Orador y solo Francisco Araiza (a ratos, y no siempre bien) trata de darle al tema algo de teatralidad. Qué lástima.

Grabación mucho más conseguida que la anterior, en la que, pese al pudor británico de Marriner, la emoción termina aflorando moderadamente, si bien la espléndida resolución de la obra, que da como pocas veces la sensación de haber llegado a puerto, de que todo encaja, de que el viaje valió la pena, de que la vida, fácil y difícil a la vez, merece ser vivida, está construida más sobre la lógica ilustrada que sobre el sentimiento romántico. El reparto es excelente. Ante todo, Samuel Ramey, de voz bellísima y tremendamente cordial, contradice las visiones de Sarastro como una Idea perfecta, lejana e inaccesible y suena a persona de carne y hueso, y, a su forma, afectuosa: mucho más un compañero en la iniciación que un juez. Esta es, asimismo, la última grabación verdaderamente grande de Kiri Te Kanawa, en un papel en que luce su gran canto y fraseo y lo que queda (que aún es bastante) del terciopelo de su timbre y, muy bien dirigida por Marriner, omite casi totalmente los remilgos expresivos. Cheryl Studer, en muy buena forma vocal y siempre un espléndido músico, hace uno de los MásDifícilTodavías más demenciales de su carrera (en la época grababa Odabella, Elena, Matilde, la Giulietta de Offenbach, Elsa de Brabante, Crisótemis y sobre todo, su celebérrima e histórica Salome) y es una Reina de la Noche excelente. Olaf Bär canta francamente bien, y aunque no emana la simpatía inmediata de otros Papagenos, su canto siempre suena sincero; van Dam, sin ser trascendente, está mucho mejor como Orador de lo que estuvo como Sarastro para Karajan y, paradójicamente, es Francisco Araiza, vocalmente venido a menos y más tirante que una década antes, con quien más indulgente debe ser el oyente. En suma, un producto mozartiano típico de la época, pero muy disfrutable.