





Toca el turno ahora a tres registros que comentaré juntos (aunque no revueltos), porque tienen en común el contar con la Salome de la conocida
Christel Goltz, soprano germana que, al parecer, causó auténtica sensación en el rol durante los años de postguerra y algo posteriores, antes de dar el relevo a otras sopranos de fuste como Borkh, Nilsson, o Rysanek.
El primero de ellos, dirigido por
Joseph Keilberth, corresponde a una transmisión radiofónica del año 1948, en la que el director de Karslruhe conduce, con acierto, precisión y seguridad, a la Staatskapelle de Dresde, ofreciéndonos una lectura menos personal, quizá, que la de los otros directores ya comentados (o por venir), pero muy segura, atmosférica, y atenta a todos los detalles, con una formación que, tradicionalmente, había tenido un contacto muy estrecho con la obra, al haber sido la que, casi medio siglo antes, estrenó la obra en el invierno de 1905, y con la que Strauss (y el propio Keilberth) trabajaron durante años. El sonido, aunque mono, es bastante bueno y permite apreciar perfectamente la labor orquestal (si bien es verdad que prima las voces).
No hace falta decir que, a nivel directorial, el registro de 1954 alcanza unas cotas de excelencia difícilmente superables. Y nada tiene de extraño, considerando que tenemos a la maravillosa Filarmónica de Viena dirigida por
Clemens Krauss, uno de los más grandes straussianos de la historia, además de amigo y alumno del compositor muniqués. Gracias a su batuta --y al magnífico sonido de estudio-- podemos disfrutar de una versión orquestal de referencia, caracterizada por la fuerza dramática y la transparencia, en la que aparecen perfectamente delimitados todos los planos sonoros, y donde se reproduce con asombrosa claridad la opulenta orquestación de la partitura, sin generar confusión sonora en ningún momento. Una lectura, en definitiva, plena de fuerza dramática, intensidad emocional, y en la que encontramos recreada a la perfección la atmósfera onírica, misteriosa, decadente y lunar que imaginó Strauss.
Quizá sea injusto oponer en este análisis comparativo los dos registros de radio y estudio que acabo de analizar con el siguiente que tengo en la lista, pero lo cierto es que las diferencias entre ellos van mucho más allá de la mera calidad del sonido, y alcanzan a la propia concepción directorial, que, en el caso de la versión dirigida en 1955 por
Dimitri Mitropoulos en la Met, todo el mundo reconoce que estuvo centrada en destacar la intensidad teatral y dramática de la partitura, antes que su colorido orquestal y las sutilezas tímbricas (aunque, desde luego, no falten momentos de excelente protagonismo instrumental: por ejemplo con la famosa "danza de los siete velos"). Una lectura intensa, expeditiva y nerviosa que todo aficionado debe conocer, y que transmite, en cualquier caso, la fuerza de una función en vivo (además de contar con el añadido de algunos solistas realmente buenos).
La impresión que obtenemos al comparar las interpretaciones que
Christel Goltz ofrece de la joven princesa idumea en estas tres grabaciones, es que la soprano de Dortmund fue alejándose progresivamente del modelo adolescente y juvenil que encontramos en el registro de 1948 con Keilberth, hasta llegar al de una mujer hecha y derecha, que tiene más de Brünnhilde que de otra cosa, en la función en vivo de 1955, con Mitropoulos. La grabación de estudio de 1963 --dirigida por Otmar Suitner-- ni siquiera la comentaré, porque allí Goltz ya está francamente muy tocada, y el resto del reparto que la acompaña tampoco tiene demasiado interés. Con Keilberth suena más ligera, saltarina y chispeante, incluso más niña que adolescente, y aunque tenía el papel menos rodado desde el punto de vista dramático que en la posterior versión de 1954, me parece que está magnífica a todos los niveles. En cuanto a la función de 1955 --y siempre dentro de la excelencia que encontramos en los intérpretes de esta época dorada del canto--, a mí no termina de satisfacerme realmente la lectura que hace del personaje: ni me gusta del todo su voz aquí (pues, además de tener un
vibrato más acusado, ya ha perdido el cristalino fulgor de 1948, que le permitía recrear a la perfección el carácter infantil de la
prinzessin), ni me gusta su planteamiento del rol (demasiado arrebatado en todo momento), ni comulgo del todo con la exacerbada implicación emocional que introduce a lo largo de la función (aunque seguramente el hecho de ser una función en vivo contribuyó a ello), especialmente en la escena final, donde la escuchamos sollozando continuamente, como si acabara de perder a su amor de toda la vida, en lugar de mostrarse abstraída y alucinada ante la monstruosidad que acaba de cometer. Resumiendo: en el caso concreto de Goltz, diría que vocalmente la prefiero en el registro de Keilberth, antes que en el de Krauss (aunque en este último también esté muy bien).
En la piel de Jochanaam, he de comparar a tres cantantes que, en términos generales, fueron buenos intérpretes, aunque el hecho de que dos de ellos se movieran claramente en el registro baritonal (
Josef Herrmann en la versión de 1948, y
Paul Schöffler en la de 1955), hace que sus respectivas prestaciones resulten algo decepcionantes. Dicho problema es especialmente grave y perceptible en el caso de
Herrmann, cuya voz clareaba peligrosamente en la zona aguda, y que suena realmente pobre, corta de vuelos, blanquecina en la franja más aguda, y absolutamente carente de personalidad y trascendencia. En este sentido, la tremenda maldición final
("Du bist verflucht!") que lanza contra Salome antes de sumergirse nuevamente en la celda subterránea suena realmente desalentadora y, desde luego, no consigue estremecer en absoluto, a pesar de la tensión del momento. Bastante mejor encuentro a
Paul Schöffler, aunque tampoco sea el Jochanaam ideal. Esta muy bien fraseado, y tiene más autoridad que su compañero de cuerda, pero creo que carece de las sonoridades autoritarias e imperiosas que necesita el personaje. En este sentido, resulta triunfador el barítono austríaco
Hans Braun, en el registro de 1954, pues su instrumento -- de medios más generosos que el de sus colegas de cuerda-- le permite crear un Jochanaam de voz rotunda, oscura, con volumen,
slancio, timbrada y rica, mucho más cercana a la de un bajo-barítono, que es el tipo vocal que realmente requiere el personaje. De modo que no encuentra ningún problema para afrontar las partes más exigentes de su
particella.Siempre he tenido gran respeto por el Herodes de
Julius Patzak, y considero que, en el registro de 1954, aparece sensacional a nivel expresivo, con un fraseo de magnífica factura, canto absolutamente intencionado y habilidosa construcción psicológica del personaje. Además, el cantante rehuye todo tipo de excesos y, aun a riesgo de resultar demasiado refinado, se ciñe al puro canto, lo que no ha sido habitual entre los tenores que han interpretado este complejo rol (tan proclive a excesos e histrionismos). Sin embargo, debo añadir en el "debe" que a su voz le falta volumen y
squillo en la franja superior, es demasiado mate y, por timbre y color, suena como un tetrarca demasiado maduro. Pero, al margen de esto, creo que es un estupendo Herodes. En una línea de excelencia similar se muestra, a mi entender, el tenor renano
Bernd Aldenhoff en la versión de 1948, pues consigue dar vida a un extraordinario tetrarca, coloreando su voz de
heldentenor para adecuarse a las características del personaje y sonar, según el momento, sibilino, sinuoso, tenso, asustadizo, supersticioso, etc. El fraseo tampoco tiene nada reprochable, y la expresividad del cantante me parece ajustadísima a lo que pide el personaje. Pero siempre (como Patzak) sin exagerar, ni mostrarse fuera de control. Además, y a diferencia de su colega austríaco, al poseer unos medios más completos, afronta la tesitura sin el menor problema, con una voz que siempre suena timbrada y en estupenda posición. Frente a ambos cantantes, el oscuro, engolado, histérico, sanguíneo y siempre esforzado Herodes del chileno
Ramón Vinay en la versión en vivo dirigida por Mitropoulos en la Met, apenas tiene nada que hacer.
De las tres Herodías creo que destacaría la de
Inger Karén, en el registro radiofónico de 1948, por su voz oscura, amplia y timbrada, su expresión torva y altanera, y la caracterización de mujer intrigante e imperiosa que nos ofrece. Aunque la de
Blanche Thebom, más ligera, pero bien cantada, tampoco está nada mal. Cumplidora
Margareta Kenney en el registro de 1954.
En el caso del personaje de Narraboth la elección me parece clara: por encima de los otros dos compañeros de cuerda destacaría el elegante, señorial y apasionado capitán de
Anton Dermota en esta última grabación de estudio. Tras él, me quedaría con el estadounidense
Brian Sullivan --del que ya he hablado en otros comentarios anteriores, y que hizo de este papel todo un caballo de batalla--, que también nos regala un estupendo Narraboth en el registro dirigido por Mitropoulos, más heroico que el de Dermota, bien ajustado al estilo y con una voz, si me apuran, de mayor calidad que la del esloveno. Y en un tercer puesto --muy decoroso-- situaría al tenor sajón
Rudolf Dittrich --maestro, entre otros, de Gerhard Stolze--, que nos obsequia con un buen Narraboth, aunque algo más maduro y plano que el de sus colegas.
Correctos, en general, los comprimarios, con nombres que a todos nos suenan de otras grabaciones (
Nicola Moscona,
Lorenzo Alvary,
Alessio De Paolis,
Gerhard Pechner,
Heinrich Pflanzl), y algunos de los cuales, andando el tiempo, jugarían un destacable papel en la historia de la lírica (unos con mayores méritos y razones que otros), como por ejemplo
James McCracken, que cantó el segundo judío en el registro en vivo de Mitropoulos, o
Ludwig Weber y
Kurt Böhme, magníficos primer Nazareno en las grabaciones de Krauss y Keilberth, respectivamente.
Sigamos adelante.
