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La mujer silenciosa straussiana. Parte 2ª.
La suerte, la gracia y, por qué no, la intención, hicieron que, “por casualidad” me encontrase yo en Berlín y pudiera disfrutar de esta rareza imprescindible. Me perdí, el año pasado, imperdonablemente el Intermezzo de la Deutsche, y me hice el firme propósito de que no volviera a ocurrir.
Me senté en una función con todo vendido, segundo sold out consecutivo, rodeado de japoneses por todas partes menos por una, llamada istmo, que era una señora indignada porque en la Staatsoper la barrera entre espectadores y orquesta es altísima y no veía a Thielemann. Es curioso y gracioso que los japoneses, siempre respetuosos y educados, no sólo tienen un índice de grasa corporal muy inferior al nuestro, sino que no entienden muy bien la numeración arábiga, ya que prácticamente ninguno estaba sentado en la localidad que le correspondía con su entrada, teniendo que ser reubicados, amablemente, por los acomodadores.
Grandiosa la Staatskapelle, grandioso Thielemann. Una gran orquesta con un excelso director sólo pueden producir experiencias inolvidables. Desde su obertura inicial, una breve y brillante pieza sinfónica titulada Potpurrí hasta el finale, maravilloso el, con Morosus bajando hasta el subsuelo del pentagrama, como el Barón Ochs en el caballero de la rosa, todo fue extraordinario. Thielemann consiguió un sinfín de colores y matices inabarcables en lo auditivo y maravillosos en lo sensorial. Una sofisticada relación palabra-tono que adopta infinitas formas, integrada en un escenario orquestal transparente, cristalino y multicolor.
Es una obra de enorme maestría y complejidad. Thielemann siempre mantuvo la transparencia en el entrelazamiento de las voces, con sutiles gradaciones y matices. Muy consciente de que La Mujer Silenciosa era una pieza "difícil", que requería la máxima precisión rítmica y un meticuloso apego a la dinámica, por no mencionar la compleja coordinación de la orquesta en el foso con el conjunto en escena. Su control de los tempos, incluidos silencios, y de las dinámicas, aumentó la emoción percibida. Prestó especial atención a los pasajes melodramáticos, cuando los cantantes se dirigen al sonido de la orquesta, sin esconderse tras nubes de sonido, ya que todo fue abierto. Strauss exige mucho de todos los involucrados.
La puesta en escena de Jan Philipp Gloger, muy pensada, adecuada y trabajada. Divertida y exigente en la dirección de actores, en la que todos, menos Maqungo, que es torpón, consiguieron una gran interpretación.
El escenario es un opulento apartamento en el oeste de Berlín, con habitaciones amuebladas con realismo, un refugio para una persona mayor sensible al ruido. Sir Morosus, que cuenta con 64 años, curiosamente la edad del intérprete, Peter Rose, vive envuelto en comodidad, pero también en una terrible soledad. El resto de los personajes, tienen enormes problemas para conseguir una vivienda digna, con precios de alquiler de 2000 euros/mes para 33 metros cuadrados, realidad berlinesa presentada con proyecciones en la obertura. El mundo exterior irrumpe repetidamente en este refugio en forma de personas ajenas al entorno con sus propios deseos y esperanzas. Temas actuales que juegan un papel importante, enmarcados en una historia atemporal, en una trama cómica con múltiples giros inesperados, y todo esto cobra vida a través de un elenco de personajes que bien podríamos encontrar en la vida cotidiana. El final feliz no sólo tiene que ver con el fin de su pesadilla con Aminta, sino con el fin, también de su soledad al acoger al resto de los personajes de la obra en su casa.
Todo muy bien planteado y ejecutado.
Peter Rose, como Sir Morosus, no es el Kurt Moll de la extraordinaria versión de Sawallisch. Compone con brillantez interpretativa el buenazo personaje que solo busca tranquilidad, es colorido y fanfarrón sin recurrir jamás a la exageración bufa y dotándolo de humanidad. Su registro debe abarcar desde el fa sostenido agudo al re bemol grave requeridos y ahí, como que no. Rose, está bien, sin exagerar, y es una pena que se desdibuja en los graves profundos tan bellos del final del segundo y del final del tercer acto, dónde no es capaz de mantener el timbre, la estabilidad y el volumen. Está bien como actor, y tanto su edad como su físico, son muy adecuados. Su voz, que nunca ha sido fantástica, evidencia el desgaste del tiempo y sufrimos con él en los agudos y en los muy graves.
El sobrino Henry es Siyabonga Maqungo, un tenor de bonita voz que canta con fuerza. El joven sudafricano, miembro del ensemble de Unter den Linden, crea un personaje colorido y vívido. Fue la mejor voz de la noche cuyo resplandor demuestra que Strauss no solo les daba a los tenores papeles ingratos. Gracias a su dulzura en todos los registros, su Henry Morosus le da un toque especial al cariñoso esposo de Aminta. Soso en lo interpretativo y necesitado de Munjaro, porque con lo joven que es está demasiado orondo, es especialmente agradable en el segundo acto en el que Maqungo consigue una cuidadosa y hermosa elevación de los tonos con un sonido brillante.
Aminta/ Timidia es la norteamericana Brenda Rae. Excelente actriz, de la mejor escuela norteamericana, primero cautiva y luego aterroriza a Morosus. Su voz es, siendo ligera, algo oscura, con un velo permanente. Habitual Zerbinetta, une a la rareza straussiana de la mujer silenciosa, el haber interpretado también Aithra en Die agyptische Helena , cosa que no puede decir cualquiera. Siguiendo en Strauss también ha cantado el rol de Zdenka en Arabella. Rae logra la transformación dentro del rol: como la tímida novia, canta sus pasajes más líricos y es dónde mejor está. Como la ruidosa y diabólica esposa, cambia rápidamente de timbre vocal, acentuando las brutales notas agudas, pero esto siempre se produce a expensas de la mitad inferior de su voz.
Samuel Hasselhorn, como el barbero Schneidebart que, en realidad, en esta producción, es un fisioterapeuta, impresiona también en su actuación, muy exigente y cataliza todo lo que va ocurriendo argumentalmente. Voz de potente barítono, capaz de coloraturas, y cambia de forma fluida entre los registros hablados y cantados sin que estos se distancien especialmente entre sí, e ilustra el quid de la cuestión con su canto, con un esfuerzo físico descomunal.
Iris Vermillion es el ama de llaves Theodosia Zimmerlein. Me costó escucharla. Como todo el teatro estaba lleno de cámaros y cámaras, espero y supongo que habrá grabación en CD/DVD. Si es así, por fin la escucharé.
La compañía teatral de amiguetes de Henry Morosus está formada por chavales de su centro de perfeccionamiento Plácido Domingo (el de la Staatsoper), que aquí se llama Internationales Opernstudio y ha sido cantera de grandes intérpretes. La verdad es que están todos a gran altura, sobre todo ellas, con buenas voces y estupendas interpretaciones. Son: Isotta (Serafina Starke) con ágil voz de soprano, Carlotta (Rebecka Wallroth), quien usa su voz de mezzosoprano para crear efectos cómicos de forma y manera convincente, Vanuzzi (Manuel Winckhler), Morbio (Dionysios Avgerinos) y Farfallo (Friedrich Hamel).
Al final, Morosus, al darse cuenta de la imposibilidad de separarse de su esposa, se muestra tan abatido como el larguísimo si bemol grave que sostienen los contrabajos, la tuba, los trombones y el contrafagot; es precisamente de este si bemol de donde se origina el previamente vacilante tema para clarinete del finale, en el que Henry revela la broma que le gasta a Moroso, quien, lejos de ofenderse, estalla en carcajadas.
«Qué hermosa es la música», comienza el viejo Morosus, burlándose y reconciliado, en su reflexión final, hablando con el corazón al encantado público del estreno en Berlín. Y sigue: «Pero qué hermosa es cuando termina». Es difícil discrepar en referencia a la conmovedora y colorida partitura de Richard Strauss, que uno disfrutaría de nuevo en esta brillante producción.
Y luego continúa: «Que hermosa es la vida», «pero solamente cuando uno no es tonto y sabe vivirla»
Y termina: «Ah, me siento indescriptiblemente bien»
Y tres veces repite, «Sólo silencio».
Fin.
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