
El Anillo español concluye magistralmente con este Ocaso genial.
La Fura conecta lo mitológico con lo humano en este espectacular montaje. El prólogo comienza con las tres nornas suspendidas, flotando sobre el escenario, y cada una con una antena parabólica, con los nombres (en valenciano) "presente, pasado y futuro". En el dúo de Sigfrido y Brunilda, los amantes desbordan pasión (una vez más gracias a la gran dirección de actores). El viaje de Sigfrido por el Rin se escenifica: se ve al héroe surcar las aguas de este río, formadas por figurantes que recrean las olas. De fondo, se proyectan imágenes de botellas de plástico flotando en lo que se supone el Rin, en un mensaje protesta por la contaminación, y el paso del mundo de los dioses y héroes al mundo de los humanos y a la actualidad. En una época donde la crisis económica golpeaba a Occidente con toda su furia, y en la que España languidecía en el desempleo, la pobreza y la falta de oportunidades, el primer acto transcurre en una época actual. Los Gibichungos parecen ser agentes de bolsa, y tanto Gunther como Hagen llevan tatuados los símbolos del yen japonés y del euro, y Gutrune los lleva como estandartes. Cuando Sigfrido hace su entrada, Gunther (con la cabeza pintada de blanco) ordena a su servicio que vista y arregle al héroe, quitándole sus ropas heroicas y las rastas para ponerle traje y corbata. En el inicio del segundo acto, en un guiño al Anillo de Harry Kupfer en Bayreuth, Hagen aparece sentado en lo alto de una torre, mientras al fondo aparecen proyectadas estructuras industriales y una gran ciudad. Al final del mismo, y en otro guiño al montaje de La Flauta Mágica de la propia Fura, aparecen proyectados varios ordenadores y dispositivos electrónicos que parecen llover en un cielo azul. El tercer acto supone un regreso a lo mitológico en lo referente a la estética de Sigfrido y los Gibichungos. Durante la marcha fúnebre, el cuerpo de Sigfrido es llevado a cuestas a través del patio de butacas. El final de la obra, sin embargo es espectacular pero no tan satisfactorio: Brunilda se sube a la grúa (Grane) y entrega el Anillo a las hijas del Rin, en esta parte interpretadas por unas actrices. El Walhalla, compuesto por acróbatas formando una torre, se deshace y los cuerpos flotan suspendidos en el aire mientras los dioses aparecen detrás de unas antorchas, y Loge reaparece en su patinete. La obra concluye con imágenes de fuego y la iluminación roja proyectados en el escenario, mientras las ondinas sujetan el Anillo, y cae el telón.
La Orquesta bajo la dirección de
Zubin Mehta logra su mayor éxito en todo el ciclo. Mehta logra obtener de ella una interpretación solemne, lírica, a la altura del épico drama. Los interludios, y muy especialmente el Viaje de Sigfrido por el Rin, en una ágil y brillante interpretación y el del acto primero, con unos tiempos más lentos y un sonido bello de todas las secciones de la orquesta. A lo largo de toda la jornada se mantiene ese nivel. El Coro de la ópera valenciana exhibe una potente sección masculina en el segundo acto.
Lance Ryan mantiene su nivel digno de la jornada precedente, aunque en el tercer acto el agudo en los Hoiho, Hoihe no suena muy bien, demasiado estridente.
Jennifer Wilson se supera a sí misma, con una Brunilda bien cantada y actuada. La voz suena lírica, bella, y en el segundo acto los agudos son imponentes. En el tercer acto logra una excelente interpretación del gran final.
Matti Salminen hace un Hagen aún imponente pese al declive vocal. Impresionante en los dos primeros actos, tanto en su monólogo del primer como en todo el segundo.
Catherine Wyn-Rogers es una Waltraute discreta.
Ralf Lukas es un decente Gunther, y como actor representa bien la pusilanimidad del personaje.
Elisabete Matos tiene voz, pero se antoja demasiado dramática para el personaje, lo que contribuye a avejentarlo.
Franz Josef Kappellmann está bien en su breve escena del segundo acto.
Las hijas del Rin y las Nornas están a un nivel correcto.
Esta es la única grabación de una obra wagneriana realizada en España, que ha alcanzado fama en el mundo operístico internacional, pues hay varias críticas en varios idiomas, se emitió en la televisión alemana y muchos wagnerianos que conozco la poseen. Quizá sea por su espectacular montaje, que salvo en la última jornada, es todo lo fiel al mito que puede ser una producción moderna.
Esta filmación es el testimonio de una época, un pequeño rato de esplendor cultural en medio de un país que estaba hundiéndose en el desempleo y la precariedad, un recuerdo de un proyecto hijo de una era en la que se invertía mucho dinero público en traer a las más grandes figuras del espectáculo como señal de riqueza cultural, pero también de opulencia y cuando España aún reclamaba su sitio en el panorama operístico internacional. No puede negarse que está grabación contribuyó a ello.