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FUNCIÓN DEL 17 DE MAYO
1º) Como ya señalé ayer en el mismo teatro y esperando el comienzo de la función, el marquesito y sus bucelarios, imagino que para sacar pasta de debajo de las piedras (y con la excusa del cambio climático), han decidido hurtarnos definitivamente los programas de mano en papel (que, pese a tener muchas páginas de publicidad, cierto, al menos incluían información y algún que otro artículo relacionado con el espectáculo que íbamos a presenciar). Ahora debes conformarte con una hojilla volandera y si quieres algo más, pues te lo descargas con el dicho código QR, o te la pelas. El Teatro Real, eso sí, cada vez parece más un merendero que un coliseo lírico. En este caso concreto, además, y dado que las dos funciones en concierto estaban dedicadas a la memoria de Ángeles Gulín, no creo que se hubieran arruinado por incluir en el ridículo programa de mano unas notas biográfico-artísticas de la gran soprano orensana. Pero ni eso.
2º) Correcto Luisotti, aunque puso la máquina a toda velocidad y sin freno en la primera parte, y confundió "fuoco" e intensidad dramática con precipitación y exceso de sonoridad en unas cuantas ocasiones. Brío sí que hubo, pero... Me faltó algo de grandeza, por cierto, en la escena del amanecer sobre la laguna adriática de Aquilea. Es cierto lo que comenta Sonámbulo, a propósito del sobredimensionamiento del coro (que fue aplaudido a rabiar, por cierto), y la explicación debe hallarse, ciertamente, en esa nueva estructura que han puesto al fondo del escenario y detrás de los cantantes (como aclara Tunner), con lo que el sonido no tiene salida hacia atrás y sale reverberado hacia la sala. Pero como llevo dos o tres funciones en el último mes con espectáculos donde el protagonismo del coro ha sido indudable y algo excesivo (un Requiem verdiano interpretado por el conjunto Filarmonía de Madrid en el Auditorio y en el que hubo cinco secciones corales, y un reciente concierto en el Monumental donde el coro también se dejó sentir de lo lindo en páginas célebres de Wagner, Verdi y Borodin), pues debe ser que tengo los oídos ya insensibilizados ante el exceso de decibelios). Y es que parece que vivamos en una época donde se busca más impresionar al respetable con sonidos caudalosos y opulentos --estruendosos me atrevería a decir, y el de los coros pueden llegar a serlo--, antes que por la belleza y el empastado de las voces (que, pese a todo, no dejó de estar presente en esta función de Attila, porque si hay algo de lo que podemos sentirnos satisfechos los aficionados que acudimos al coliseo de la Plaza de Isabel II es del trabajo que los sucesivos directores de coro --antes Máspero, y ahora Basso-- han ido haciendo con la formación Intermezzo).
3º) El Attila de Christian van Horn no es, desde luego, el de los grandes bajos que a todos nos vienen a la cabeza: Christoff, Ghiaurov, Giaiotti, Raimondi, Ramey, Nesterenko, Ghiuselev, etc. Para empezar, ni siquiera es bajo, sino bajo-barítono, y eso se echó de ver en aquellos pasajes donde la voz debe descender a las notas más graves. Pese a todo, y aun considerando algunas carencias --dicción más que mejorable, algunos agudos abiertos-- a mí fue el solista que más me gustó. Desplegó cierto estilo, escanció frases hermosas e intentó matizar su personaje. Aunque tampoco podamos decir que fue el Attila más noble que se haya escuchado.
4º) Quien tuvo retuvo, que duda cabe, pero a mí, anoche, Radvanovsky no me gustó: es cierto que el vozarrón sigue ahí, que el caudal sonoro impacta, que los agudos (aunque abiertos y destemplados en ocasiones) te levantan el bisoñé, pero todo ello viene acompañado de un sonido oscilante cada vez más perceptible (no lo llamaría abiertamente vibrato, aunque da como resultado un tono algo matronil a la voz), una dicción bastante defectuosa, incapacidad para desplegar el adecuado (e imprescindible) canto d'agilità propio de estas primeras sopranos verdianas, y una falta de homogeneidad entre registros que hace que las franjas media y grave, a veces, resulten inaudibles, en contraste con el sonoro y potente registro superior, todo lo cual rompe la continuidad melódica y la línea de canto. Algo esforzada y desabrida estuvo la soprano estadounidense en su primera prueba de fuego --la cavatina di sortita Allor che i forti corrono y especialmente en la cabaletta Da te questo a me concesso, donde la coloratura resultó farragosa y atropellada, por no decir casi inexistente--, y poco afortunada en la efusiva y melancólica Oh nel fuggente nuvolo, pues los citados contrastes entre registros se me hicieron muy perceptibles y hubo, incluso, un momento al apianar en un pasaje en que la voz no salió.
5º) Decepcionante el Foresto de Michel Fabiano: entregadísimo, cierto; sonoro, sí (casi podríamos decir que gritón), con una voz que parece reforzada o inflada artificiosamente (¿será por ir preparándola para el Otello que, según parece, piensa incorporar a su repertorio?), pero monótono y vulgar hasta decir basta. Todo lo cantó igual (en forte y sin matizar), y aunque el rol no sea precisamente el paradigma de la sutileza --se trata de un joven arrojado, fogoso y algo vehemente--, necesita, al menos, variedad en el fraseo y los acentos. Pues con el tenor de Nueva Jersey todo sonó igual. Algo más variado, eso sí (pero no demasiado), se mostró en la segunda parte de la función, desplegando algún ejemplo de canto spianato y elegíaco para mostrar su dolor por la "supuesta" traición de Odabella. Pero plebeyo y rutinario en general. Insisto en el asunto: me entero por el comentario de Gruberoviano que piensa afrontar el rol de Otello y me caigo muerto (pero si lo ha hecho hasta Merli, ¿quién va a sorprenderse?).
6º) Correcto el noble romano Ezio del barítono polaco Artur Ruciński: conoce el estilo, intenta aplicar variedad al canto, pero los medios son bastante limitados y en la franja superior la voz blanquea demasiado. Eso sí, como el bajo no era bajo, pues este barítono algo lírico tampoco sonó mal. Por cierto, poco heroico resultó el famoso dúo/confrontación que tiene con Attila, especialmente en su electrizante frase Avrai tu l'universo, resti l'Italia a me, pero estuvo mucho mejor en su gran cantabile Dagli immortali vertici, donde mostró slancio, intención expresiva y algunas buenas muestras de canto legato, antes de llegar a la trepidante cabaletta È gettata la mia sorte, que Ruciński solventó con bravura y las limitaciones de volumen, intensidad y color ya señaladas.
7º) Muy bien, cumplidor, el Uldino del granadino Moisés Marín, e insuficiente el Leone de Insung Sim, que dijo sus frases como quien enumera la lista de la compra en el Mercadona y, desde luego, no transmitió la autoridad política y moral que, supuestamente, todo un papa como León I debió de emanar frente a Atila para que este retirase sus tropas*. Aunque, ciertamente, el papel tampoco es como para lucirse, y el hecho de aparecer con traje de chaqué y sin cortejo de vírgenes, monjes y demás parafernalia pues tampoco ayudó demasiado a su labor.
Enternecedoras, casi, las continuas referencias a Wotan y al Walhalla por parte de Attila y sus hunos. Pero hay que entenderlas, obviamente, en el contexto de una época donde, en el arte, primaba la emoción antes que el rigor histórico.
En resumen: una velada disfrutable, pero muy lejos de lo que podría ofrecer esta partitura verdiana tan interesante como postergada, si las voces hubieran sido la de intérpretes de otras épocas canoras más favorables para este tipo de repertorio. O tempora, o mores!
-------------- * En realidad es de suponer que debió de ser un impresionante rescate pagado en oro y todo tipo de riquezas, lo que hizo retirarse al huno de las murallas de Roma, antes que la causa sobrenatural que casi siempre se ha querido transmitir en obras de arte como este Attila verdiano, o en la extraordinaria Atila, rey de los hunos de Douglas Sirk (1954), donde la escena del encuentro de León con el caudillo huno resulta verdaderamente conmovedora.
_________________ "Tornate all'antico e sarà un progresso" (Giuseppe Verdi, compositor y genio).
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