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Un recital en el ciclo "Grandes Voces" donde los solistas cantaron bien poco, las voces no eran tan "grandes" como se anunciaban y donde se organizó un programa que, aun presentándose como imaginativo y novedoso --lo de tocar con "instrumentos originales de la época" ya se nos intenta vender como si fuera garantía de indudable calidad--, lo que en el fondo hizo es hurtarnos canto, que es de lo que se trata. Todo muy recogidito, muy intimista, muy quedo, muy reflexivo, muy gaulois en fin, pero carente de verdadera unidad, pues por más que se tratara únicamente de repertorio francés y hubiera un nexo temático entre dos de las tres partes (Berlioz/Thomas) del recital, a través del hilo conductor del personaje de Ophélie (recordemos que la segunda composición de las Tristias berliozianas se titula, precisamente, La mort d'Ophélie), lo cierto es que la sección final del espectáculo --la del intimista y un tanto remilgadito Requiem de Fauré-- resultó un pegote en el conjunto. Primero porque estilísticamente ambas obras no tienen nada que ver --más allá de ser francesas--, y segundo porque el carácter religioso, trascendente y hasta apacible de la composición religiosa fauretiana encaja mal (muy mal) con la tremenda tragedia que imaginó Shakespeare y desnaturalizaron Carré y Barbier para convertirla en grand opera. De hecho, esto hizo que, en mi modesta opinión, tampoco se lograra sacar auténtico partido a la primera parte del recital, integrada por un hit parade de célebres pasajes de una obra tan característica de lo pompier como es el Hamlet de Ambroise Thomas, cuya mayor virtud consiste, precisamente, en su monumentalidad, y en el efecto que produce sobre el espectador su escucha íntegra, único modo de apreciar realmente las virtudes dramáticas y musicales (haberlas, haylas) de una obra grandiosa, pero irregular, que no dejó de ser objeto de críticas desde el mismo instante de su estreno, como lo demuestran las opiniones de coetáneos como Berlioz, Chabrier, o Chaikovski, y el hecho de no haberse consolidado como título habitual en el repertorio del circuito teatral. Y ello, a pesar de haber elegido fragmentos de la ópera también muy íntimos.
Por cierto, escuchando el Requiem de Fauré lo que a uno le entra son ganas de condenarse, a ver si la cosa se anima un poco.
En el terreno de lo canoro estoy básicamente de acuerdo con Tunner en cuanto a sus observaciones sobre coro y orquesta, y con él y Le Gouver en lo referido a los dos solistas, especialmente la Devieilhe, quien, dentro de las limitaciones ya expuestas (voz pequeña, pero con proyección, apoyo, calor y bello timbre) estuvo estupenda durante sus intervenciones, con una messa di voce (no recuerdo ahora en qué momento; ¿quizá en la escena de la muerte de Ofelia?) que fue realmente espectacular. Más que correcto Degout, a pesar de las carencias señaladas por Tunner.
[Caramba, por un momento he pensado, mientras escribía, que me había poseído l'esprit d'enfant terrible de Lord Penauts]
_________________ "Tornate all'antico e sarà un progresso" (Giuseppe Verdi, compositor y genio).
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