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Hace algún tiempo ya, puede que un par de años, cometí el error de criticar, bajo un velo de ironía, a Suiza y a los suizos. Pido mil disculpas a los hijos de Helvecia y a quién por motivos visibles o motivos ocultos, pudiera haberse sentido ofendido.
Hoy, por el contrario, no puedo más que alabarlos, no puedo más que admirarlos, no puedo más que envidiarles. Ir a Suiza es un ejercicio que clarifica la mente y que alegra el corazón, al darse cuenta, uno, de que la libertad aún existe.
Todo comienza al coger el avión, si es de Swiss. Si no es de Swiss, hay que esperar a aterrizar para sentir el primer subidón que provoca la libertad y el sentido común. En Swiss tienen la costumbre de dar una chocolatina del afamado chocolate suizo y un botellín de agua, y al abrir el agua, ¡toma! el tapón se desprende y se puede beber a morro de forma ya casi olvidada. Por la emoción los ojos se llenan de lágrimas, el labio inferior tiembla y un escalofrío recorre la espalda.
Luego, se coge uno de los múltiples trenes que territorialmente conectan Suiza (en este viaje he cogido cuatro) y ¡vaya! salen a tiempo y llegan a tiempo. Nada de 10 horas tirados sin WC ni agua ni nada.
Ya en la ópera y ¡vamos! un programa (programm Buch) en papel del que se toca, del que se pasan las páginas (en perfecto alemán, nobody is perfect). Y eso que es un país tremendamente respetuoso y cuidadoso con la naturaleza y el medio ambiente. Pero por convencimiento, no por ideología.
Y al volver, sin ningún apagón de esos tan buenos que demuestran lo solidaria que es la ciudadanía y que bueno que los niños jueguen en el parque, uno no puede dejar de admirar a un país más libre que otros. Y, además, no necesita rearmarse para protegerse, porque Suiza está armada hasta los dientes. El país más neutral del mundo, el que nunca está en guerra con nadie, el país de la Cruz Roja, el país pacificador, está armado hasta los dientes.
Bueno, al grano. En Zúrich pude ver por fin y en directo un operón de esos que no es raro ver en el centro de Europa, pero que es muy raro que se represente en España, y que en Valencia va a ser casi más difícil de ver que un Trittico completo, con Il Tabarro y Suor Angelica, como quería Puccini.
Y es que la Ciudad muerta de Korngold, es magistral. Forma parte del romántico tardío tonal opulento al que también se añadieron Zemlinsky (maestro de Korngold), Schreker y Goldschmidt, todos ellos perseguidos por el nazismo, todos ellos grandiosos. Es enorme en la orquestación, lujosa en color y luces, prodiga en el uso del leitmotiv y con un lirismo constante que tiene su máxima expresión en la inigualable melodía del memorable dúo del primer acto “Glück, das mir verblieb”. Los preludios al segundo y tercer acto un ejemplo de cómo la música puede ser brillante, bellísima y perturbadora a la vez y el final, wagneriano, es sublime.
Zúrich estrenaba una producción nueva de Tcherniakov y es un desastre escénico, pura basura. No llega al nivel de la basura del Don Carlo vienés, pero cerca. Una traición a la obra, al espíritu, a la música, al texto y al espectador. Tcherniakov se olvida del romanticismo, que desaparece de la escena, presenta un ambiente gélido, un estudio analítico psicológico de los protagonistas sin sentimiento y lleno de mamonadas. Brujas, simplemente, no existe. Paul es un misógino amargado y hay tres Mariettas, una loca punki, como una niña malcriada, una diva de una compañía ambulante de patinadores y una mujer fumadora y autoempoderada. Vestuario del Zara, iluminación absurda, gabardinas y todos fumando.
Incomprensible para el neófito, que salió sin saber de qué trataba la obra. Debió de salir alucinado, sin entender nada de nada. Llena de bobadas.
La obra comienza con un prólogo hablado por una voz en off en la que Paul acosa y agrede a Marie a la que o la tira por la ventana, o ella se suicida porque no puede con su agresor.
El primer acto es inaudible para las voces, cosa de la acústica que les importa un pimiento. Se representa en una casa colgante, a la altura de un primer piso, repleta de paredes y de columnas, que obviamente no dejan pasar el sonido. Parece que es un guiño a la ventana indiscreta de Hitchcock, acústicamente desastroso.
El segundo acto es en el escenario mismo, a pie de calle, desnudo, con la casa colgante o colgandera encima y asentado sobre una enorme plataforma giratoria. Al estar libre de paredes y columnas, las voces, ahora sí, se oyen. Pero comienzan las chorradas con Paul y Frank cantando mientras corren, mientras hacen footing sobre la plataforma girando. A continuación, se sucede la fiesta de la troupe en la que todos los cantantes van patinado con patines en línea sobre la plataforma que gira. Tanto correr como patinar es lo lógico tanto para que se entienda la acción como para el buen fiato de los cantantes, por lo que, no se entiende nada y cantan ahogados. Acaba, como no, con Paul y Marietta chingando en el suelo.
En el tercer acto Paul está disfrazado de obispo, mata a Marietta y ahí se queda su cadáver en una bolsa hasta el final, porque quien vuelve a recoger su paraguas es Marie y Frank invia a Paul a abandonar Brujas patinando con Marie en la calle mientras conversa con Paul, que está en el piso con Marietta muerta. Incomprensible, incongruente.
Para finalizar, que ya le he dedicado más tiempo del que se merece, remarcaré que no logra retratar a los personajes ni crear ningún tipo de tensión. La escenografía crea una distancia con el público que es sencillamente contraproducente.
Menos mal que el maestro, al que parece ser no le gusta o no le interesa la propuesta de Tcherniakov, fue a su bola. ¿Debe una producción imponer su idea a la música de manera tan inflexible, sobre todo cuando lo hace sin tener en cuenta el libreto? Lorenzo Viotti, en el podio, afortunadamente respondió con rotunda vehemencia. Allí donde el seco humor del director se desvanece en una monótona escenografía, Viotti dejó que la orquesta floreciera con un espíritu luminoso. Ya los primeros compases fueron brillantes bajo su dirección, concisa para una interpretación finamente matizada.
La Filarmónica de Zúrich domina la música eruptiva y brillante de Korngold con precisión. Viotti transmitió la melancolía, atreviéndose a utilizar esa fusión dulce y transfiguradora con la que el compositor anticipa su posterior obra en Hollywood. Lo que se insinúa en la literatura de Rodenbach y lo compuesto por Korngold, el director suizo lo permitió explotar en sonido: remolinos brillantes hechos de música, sonidos de campanas oscuros, paisajes sonoros sinestésicos. Sin embargo, el conjunto nunca pierde esas transiciones fluidas del éxtasis a la psicosis, por ejemplo, cuando queda claro que Marietta no está preparada para interpretar a Paul sólo una sustituta imperfecta de su esposa fallecida.
¿Qué el joven director suizo descuidó a los cantantes, centrándose en la orquesta y tapándolos a menudo? Cierto. Pero la orquesta sonó gloriosa y de que, por momentos, las voces fueran inaudibles, más culpa tuvo la negligente puesta en escena que no dejaba cantar cómodamente ni correr la voz.
Eric Cutler, quien debuta como Paul, bien con matices. Con una voz inusualmente oscura, bien en los pasajes líricos pero la voz suena apagada y desgastada en el forte. En situaciones en las que tiene que cantar en el apartamento de espaldas al público, es inaudible.
Sacó adelante el personaje con una actuación entregada, ya sea cuando es adicto a la dominación misógina (en el sentido de Tcherniakov) como a la melancolía (en el sentido de Rodenbach). Su canto es potente y matizado. Sus ariosi son mejores que los pasajes de diálogo recitativos rítmicamente complejos. Es uno de los papeles de tenor más monstruosos de la historia de la ópera, que alcanza alturas de lo irreal. No sólo tiene enormes reservas de fuerza para soportar esto, sino que también tiene la capacidad de transformarse de suplicante en amenazante y violento.
Vida Miknevičiūtė es una gran actriz y una cantante muy solvente. A mí me gusta Vida, con un vibrato rápido, voz cremosa y entrega. Según el concepto de Tcherniakov, Vida Miknevičiūtė interpreta tres versiones de Marietta, cuya madurez y confianza en sí misma crecen a medida que avanza la escena. Líricamente discreta al principio, su voz progresa hasta hacerse con el papel y desbordar vocalmente y valientemente. Miknevičiūtė pasa de la expresión escénica a la vocal con precisión. Y a Miknevičiūtė le toca interpretar a tres personajes femeninos con una sola voz: frívola, suave y aterradora.
Evelyn Herlitzius es un lujo de Brigitta, con la capacidad interpretativa ya conocida y la solvencia vocal, que aunque con algo de desgaste, sigue manteniendo.
Björn Bürger, como Frank, ofrece el barítono sutil y lírico que el papel de Cutler no permite. es un barítono firme y siempre líricamente adecuado.
No debo de olvidar al valenciano, Álvaro Diana Sánchez, que, aunque patina más que canta, cabe señalarlo porque está en el ensemble zuriqués y parece que próximamente pasará al de la Staatsoper de Berlín. Habrá que seguir su evolución.
Operón con una orquesta excelente, buenas voces y notables interpretaciones. La dirección de Tcherniakov niega el sueño fantasioso entre canales y frontones de ladrillo, pero la música de Korngold lo evoca con mucha más fuerza y la vence.
Saludos
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