





La reciente desaparición de Maggie Smith me ha hecho revisitar las seis películas por las que fue candidata al Oscar, experiencia agradabilísima salvo por Otelo, que me sigue pareciendo una petardada a mayor gloria de la dicción de Laurence Olivier. Sus celebradísimos papeles en la saga Harry Potter y, sobre todo, en la serie Downton Abbey han hecho que identifiquemos a Maggie Smith con la aristócrata inglesa por excelencia, símbolo al que, puramente, solo responde en la espléndida
Gosford Park (con el añadido de que está arruinada), pues en
A room with a view su personaje es más polifacético y juega un papel más "humano", más confidente de Helena Bonham Carter que representante de la Reina Isabel en el mundo (soberbio reparto coral el que completan Julian Sands, Judi Dench, Daniel Day-Lewis, Denholm Elliot -divertidísimo-, Simon Callow y Rupert Graves).
Pero es en los papeles alejados de esos modelos donde encontramos a la grandísima y versátil actriz.
Travels with my aunt pretende ser una comedia sofisticada de las que tanta gloria dieron a su director, George Cukor, y hasta cierto punto, sigue funcionando bastante bien (aparte de que el pequeño papel casi mudo de José Luis López Vázquez es una delicia para todos los que le quisimos tanto) pero el problema del director, que se agudizará con el tiempo (piénsese en el remake de Old Acquaintance o en aquella cosa anciana -en el peor sentido- llamada Love among ruins, con Laurence Olivier y Katharine Hepburn a cuál más insoportable) es que en 1972 el mundo está dejando de ser tan
kitsch y la comedia "elegante", representada paradigmáticamente en la época por Blake Edwards, comienza a responder a claves más corales con un punto de absurdo. Así, lo que valía en The Women o The Philadelphia Story (película que, por otro lado, nunca me gustó) comienza a resultar un punto creepy. De tal forma que el tinglado se aguanta, esencialmente, por la excepcional actuación de Maggie Smith, que "pilla" el punto de la señora disfrutona y sin excesivos principios, no obstante la nobleza de sus sentimientos, dispuesta a jugar sucio en un mundo sucio para lograr lo que quiere. Por otro lado, ver
California Suite hoy en día es una experiencia rara porque la película se ha partido en dos: los dos sketsch cómicos, el de Walter Matthau con la prostituta y el de las dos parejas de suerte absolutamente desigual en el hotel, provocan hoy sonrojo en lugar de risas, y en contraste, las dos piezas más "dramáticas", la del amargo divorcio entre Alan Alda y Jane Fonda y, sobre todo, la del amargo matrimonio entre Michael Caine y Maggie Smith siguen siendo cine con mayúsculas. Cuánto puede decirse con la palabra justa, la mirada justa y los tremendos silencios en unos papeles tan conmovedores (¡pero tan breves!) como los de los dos actores británicos vale, sin duda, la película entera y el Oscar de Maggie Smith.
Y lo de
The prime of miss Jean Brodie, directamente, es genialidad. Personalmente me parece una obra maestra, la gran obra olvidada de la filmografía de Maggie Smith y una película, aún hoy, imprescindible: inteligente, ambigua, tensa y que plantea interrogantes absolutamente cruciales sobre la función de la educación. Por descontado, espléndidamente acompañada por Celia Johnson (la esposa de Breve Encuentro se nos ha hecho mayor), la inquietante Pamela Franklin, que no hizo la carrera que presagiaba su prometedora infancia, Robert Stephens, entonces marido de la protagonista y Gordon Jackson, antes de su celebrado papel en
Arriba y abajo, Smith realiza una verdadera exhibición interpretativa en el papel de la vanidosa y contradictoria maestra enfrentada a sus propios límites.