
Y finalmente concluimos la aventura con El Ocaso de los Dioses.
Puede decirse que esta es la más espectacular de las puestas en escena de este Anillo, en la que
Harry Kupfer finaliza, a lo grande, la gran caída del mundo creado por los dioses. La omnipresente carretera de la vida llega a su fin, con una enorme aspa al fondo de la escena, rodeada por enormes paneles. Kupfer trata en su puesta en escena de los devastadores efectos de la contaminación nuclear. Lo urbano impregna el montaje: en el prólogo, las Nornas hilan y tensan el hilo del destino en medio de un campo de antenas de televisión. Mientras, en los paneles, se proyectan imágenes de árboles del bosque. La roca de las valquirias emerge del escenario, siendo ahora el refugio, la cueva donde viven Sigfrido y Brunilda. El viaje por el Rin lo hace el héroe arrastrando a un enorme Grane con ruedas, por el familiar río de rayos laser verdes. Las escenas de los Gibichungos transcurren con el escenario vacío, pero en los paneles se proyectan cientos de luces pequeñas, lo que da la sensación de que están rodeados de rascacielos de la ciudad sobre la que ejercen el poder. En el segundo acto, una enorme escalinata domina la escena, y el coro está vestido con uniformes azules de fábricas. En el primer cuadro del tercer acto, aparece una especie de nave, presa, por la que se escurren las hijas del Rin, en medio del río verde. Durante la marcha fúnebre, se abre un foso en medio del escenario, y Wotan aparece para tirar en él su lanza rota. Brunilda aparece entonces, y juntos velan al héroe muerto. En la conclusión orquestal, Kupfer logra una escena animada como emocionante: Brunilda se arroja al foso donde está el cuerpo de su amado, todo se llena de humo y las luces anaranjadas sugieren el fuego del Walhalla y del palacio de los Gibichungos, mientras todos corren despavoridos. Luego aparece el Rin verde, en el que las ondinas ahogan a Hagen a la vista de un impotente Alberich. Luego aparece el pueblo, instalando televisores en el escenario, desde los que ven la destrucción del mundo, a camino entre el frívolo placer y la apatía. De repente, un niño elegantemente vestido, y una niña ajena a la catástrofe, se unen y caminan hacia adelante, mientras el telón cae, ocultando al pueblo, al cadáver de Gunther (todos colocados en la misma posición que al principio del Oro), para dejar a Alberich totalmente solo. Es el momento de un nuevo ciclo que protagonizará una nueva generación, que repetirá la historia.
La dirección de actores vuelve a ser uno de los puntos fuertes del montaje: vemos a Gunther como el típico llorica cobarde, más repugnante que en el montaje de Chéreau, y a su hermana Gutrune, aquí caracterizada como Marilyn Monroe o Jean Harlow, representando ellos el grado de estupidez a la que la vida moderna ha reducido a las clases altas. Hagen, sin embargo, pese a estar caracterizado como un matón vestido de cuero, no resulta nada amenazante, sino intrigante, pero sin la suficiente fuerza escénica. De nuevo la función recae en Brunilda, a la que vemos frágil, vulnerable, furiosa, pero también tierna e incluso compasiva con Gutrune al final.
Daniel Barenboim dirige excelentemente la orquesta, pero sin llegar al nivel excelso del Sigfrido. Su dirección es más dramática que dinámica, más oscura que épica, más contenida que exultante, aunque logra momentos excelsos como el Viaje de Sigfrido por el Rin, o el siniestro preludio del segundo acto,y del mismo modo la conclusión del mismo es espectacular. Más bello y melancólico es el preludio del tercer acto, de tempi más lentos, recreándose en la nostalgia de las ondinas por el oro. La marcha funebre es igualmente excelsa, pero en el final, poco antes de las palabras finales de Hagen, la orquesta avanza demasiado rápido, pero consigue terminar con solemnidad. El coro sigue a un nivel excelente, y las voces masculinas dan una excelente réplica a Hagen en el segundo acto.
El reparto sin embargo, resulta desigual.
Siegfried Jerusalem mantiene el mismo buen Sigfrido, aun con su peculiar forma de cantar, pero transmitiendo la valentía, la osadía y hasta la candidez del héroe. De nuevo
Anne Evans se lleva la función, con su excelente interpretación actoral de Brunilda, y con una notable interpretación vocal, interpretando el monólogo final con una sensibilidad única.
Waltraud Meier, en la cúspide de su carrera y su belleza, deslumbra en su breve intervención como la valquiria Waltraute, con la voz en su sitio y los excelentes agudos que daba entonces. Una agradable sorpresa es la Gutrune de la soprano
Eva-Maria Bundschuh, procedente de Alemania Oriental, con un precioso timbre oscuro, más dramático que el de Evans. De hecho, fue una destacada intérprete de Isolda en la escena alemana de entonces.
Günter von Kannen canta un buen Alberich, pero no como en las jornadas anteriores, aunque a nivel expresivo destaca por su sibilina y maquiavélica interpretación del personaje. Sin embargo, el Gunther de
Bodo Brinkmann es bastante discreto, y pasa totalmente desapercibido. Igualmente el Hagen de
Philip Kang, excelente como Fafner, pero insuficiente en este rol de más enjundia, y en la que se echa de menos más grave y más rotundidad vocal. Las Nornas tienen buenas voces, especialmente
Birgitta Svendén como la Primera, pero sus voces no tienen suficiente volumen. En cambio, las hijas del Rin son excelentes.
El Anillo de Barenboim ha sido calificado por algunos como el último grande. Es bastante posible que así sea, dada la condición de mito wagneriano que tiene el argentino, pese a que después James Levine, Christian Thielemann y Kirill Petrenko harían vibrar el foso del Festspielhaus con esta obra. Sin embargo,comparando con otras producciones íntegramente filmadas, la producción de Kupfer no ha sido superada. Por esas mismas fechas se filmaba el Anillo clásico y tradicional del Met, cuya inexistente dirección de actores lo hace palidecer frente a este: basta comparar el dúo final de Sigfrido, con Evans y Jerusalem desbordando pasión y ternura con el escenario desnudo, mientras que en el Met, el mismo Jerusalem y Hildegard Behrens, apenas si se tocan, limitándose más a sonreirse y gesticular, rodeados, eso sí, de un bello decorado. Comparando con las otras dos producciones completas en Bayreuth, la de Castorf de 2016, heredera de esta, da espectacularidad visual, pero no llega a la intensidad dramática con los personajes. Y el montaje de Schwarz de estos años, no despierta nada que no sea aburrimiento e incomprensión. Y tampoco han sido superadas las interpretaciones de este elenco de cantantes-actores, a las que se les demanda tanto en lo físico como en lo vocal. Es muy posible que como el de Boulez-Chéreau, este Anillo de Bayreuth sea el último referencial por sus legendarias batutas y sus excelentes montajes, que no envejecen y siguen actuales pese al transcurrir de las décadas.