
Seguimos la aventura del Anillo de
Harry Kupfer y
Daniel Barenboim con Sigfrido.
Viendo este montaje, uno se pregunta si no fue el primero en ambientar esta obra en ciertos lugares que hoy en día son recurrentes a la hora de escenificarla. Y es que el primer acto ambienta la acción en una caravana, y el segundo en una fábrica en ruinas, como si hubiese habido una explosión atómica (una clara alusión al desastre de Chernobyl), con Fafner convertido ahora en una máquina con tentáculos. Por no hablar de ambientar esta obra en un mundo contaminado y postapocalíptico. Y sumado a la cuidada dramaturgia, se convierte en una gran producción. El primer acto tiene lugar en una caravana en ruinas, en la que viven Mime y Siegfried. Durante el preludio, Alberich, Mime y Wotan hacen guardia. Mime es un freak con gafas y neurótico, quien además corre y salta por todo el escenario. Siegfried aparece vestido con un mono azul industrial, como si viniese del trabajo. En el primer acto, pese a su fealdad hay fidelidad al libreto, pues Sigfrido forja su espada y parte el yunque. El acto segundo ya es otra cosa muy distinta. No hay bosque, es un lugar en ruinas, que invita a creer que se trata de una nave industrial que ha sufrido una explosión. Alberich sale de una gruta, mientras que Wotan vigila desde lo alto. En los murmullos del bosque, Wotan se saca al pajarillo del bolsillo y vuela hasta Sigfrido. También mientras este toca el cuerno, Wotan le responde, pero en ningún momento su nieto se percata de su presencia. Fafner se manifiesta primero como unas luces verdes, pero en la lucha con el héroe aparecen unos tentáculos de metal, y un juego de luces, en la que posiblemente sea la más impactante recreación de esta escena, aunque luego recupera su aspecto original al morir. El tercer acto muestra el escenario desnudo, de nuevo ambienta la acción en la carretera de la vida. La llegada de Wotan viene acompañada por truenos, y Erda, aparece ahora avejentada, y el suelo se levanta en sus apariciones. El enfrentamiento entre Wotan y Siegfried está acompañado de luces láser azul, hasta que se ilumina de rojo. Finalmente, cuando llega Sigfrido a la roca, el escenario está desnudo. Aunque ello, sumado a la oscuridad del montaje, puede dar la impresión de que resulta lóbrego y triste, pero la pasión, la ternura con la que se comunican los amantes, en un excelente trabajo teatral no solo llena la ausencia de decorados sino que le da una gran belleza a la escena.
Daniel Barenboim se supera a sí mismo y logra una dirección espectacular y electrizante. El metal tiene muchos momentos de lucimiento en esta obra y aquí consigue sobresalir. Al maestro argentino se le debe la más larga pero al mismo tiempo la más sobrecogedora interpretación del sombrío preludio del segundo acto, manteniendo este nivel en el resto del mismo. El tercer acto es el cénit: empieza con un impactante preludio, para luego seguir en esa línea, tanto cuando Sigfrido cruza el fuego, como en toda la gran escena final.
Siegfried Jerusalem interpreta al héroe. En este momento tenía 50 años, y estaba en la cima de su carrera. Su voz, aún con su timbre peculiar, se amolda bien al personaje, imprimiéndole su ímpetu y su energía, al mismo tiempo que en otras escenas transmite su inocencia. En el dúo con Brunilda alcanza la voz toda su dimensión heroica, con unos apasionados "Sei mein! Sei mein!" (sé mía) como réplica a Brunilda.
Graham Clark aquí es Mime, y mantiene el mismo gran nivel vocal y actoral que en su Loge del Oro.
Gunter von Kannen está mejor aquí que en el Oro, tanto a nivel vocal como actoral, con la voz más grave y en general más cómodo.
Philip Kang es un excelente Fafner y también excelente el pajarillo de
Hilde Leidland, de voz aniñada y deliciosa.
A
John Tomlinson le viene mejor el Viandante que el Wotan, reflejando su voz de bajo la ironía y la vejez del personaje. Y es en el tercer acto donde su voz alcanza su máximo esplendor, mostrando una interpretación más reflexiva y profunda del Dios.
Birgitta Svendén tiene una bella voz y preciosos graves, pero la falta de volumen y cuerpo vocal hace que palidezca frente al potente Wotan de Tomlinson.
Para el final me dejo a
Anne Evans, quien sigue siendo la gran revelación de esta grabación: su voz es ligera, ciertamente, y a veces su Brunilda puede parecer inane, especialmente algún agudo deslucido. Pero como actriz e intérprete es magistral: muestra en escena la fragilidad, el miedo por el que pasa el personaje, más maternal que apasionada, pero también asustada tras volver a la vida. En el Ewig war ich sorprende con un canto sublime.
De nuevo termina uno con una sensación de euforia teatral, en el que posiblemente sea la jornada más redonda en lo musical y lo escénico.
Pronto, seguiremos con el Ocaso.