
Cuando tenía 13 años, me inicié en esta obra maestra con las dos versiones existentes en mi biblioteca: el famoso CD de Karajan en Viena y el no menos famoso vídeo del Bolshoi en 1987, en VHS y subtítulos en español. Recuerdo que me gustó mucho la obra y la pomposidad con la que se presentaba. Me emocioné con el final. Diecinueve años más tarde, tenía pendiente volver a ese vídeo de mi infancia, con una producción que me hace un nudo en la garganta cada vez que la veo aunque quede como rancia y no tan bien actuada para el gusto moderno.
Boris Godunov es la historia de un zar que ha llegado al poder a través de un crimen abominable, pero también la de un hombre consumido, quizá sinceramente arrepentido, por su propia ambición y que despierta una controversial compasión en el espectador. Raramente se muestra en escena a un gobernante que sufra terribles remordimientos por su crimen, y que le impiden disfrutar no ya del poder sino siquiera de su propia y amada familia. El iniciarme con ambas versiones que usan el arreglo de Rimsky-Korsakov hace que termine siempre por volver a esta versión después del descarnado dramatismo del original de Mussorgsky. Rimsky la hace más accesible al público, y por ello está en el repertorio aunque ya se haya vuelto al original, pero no puede olvidarse que esta versión le da a la obra un toque de folclorismo y colorido que rebajan la hiriente tragedia que rezuma la obra; dándole una belleza hechizante aunque pueda a veces llegar a ser melodramática.
Esta producción septuagenaria vista hoy en día, adolece de rutina. Los artistas sigun estando más centrados en cantar que interpretar, especialmente el coro que parece estar interpretando como si le estuvieran dando al automático, o como en la legendaria película de 1954. Y sin embargo, pese a la sensación rutinaria de la función lo que se escucha es auténtico oro puro, los últimos vestigios de una edad dorada del canto en Rusia. La tradición rusa continúa presente en la proyección, emisión de las voces en un efecto espectacular, por no hablar de su enorme potencial lleno de notas y armónicos.
Nada más empezar el vídeo se muestran unas bellas y turísticas imágenes de la ciudad de Moscú, con el sonido de las campanas del Kremlin de fondo. Unas señoras con visón cruzan el centro mirando de reojo a la cámara para luego dar paso a un plano de la Catedral de San Basilio bañada por el sol del atardecer mientras la gente pasea a su alrededor. ¡Si ya con ver eso me emociono!
La obra se presenta cortada al menos en una media hora, y la escena de Rangoni es completamente eliminada del montaje. Los decorados son bellos telones pintados, lo que en determinados ángulos y primeros planos denota cierta sensación de irrealidad, sobretodo al ver escaleras pintadas. Pero siguen siendo un regalo para la vista. El monasterio de Novodevichi, la Catedral en la coronación, los apartamentos de Boris o la escena de San Basilio son una delicia. Un bello momento es en la escena final del idiota es cuando canta su melancólica canción mientras la nieve va cubriendo el bosque, en una sensación de profunda desesperanza. Me reconozco amante del melodramatismo en el que cae la función, cuando el coro alza los brazos pidiendo pan a Boris, o la rusticidad y campechanía de personajes como la Tabernera, el zarevich Fiódor y su aya.
Aleksandr Lazarev dirige a la fabulosa orquesta del Bolshoi en una interpretación que mima mucho a los cantantes, quizá un poco rápida por momentos pero con la solemnidad requerida. En la escena de la coronación quizá abusa del forte y de los tempi rápidos, pero en el acto segundo avanza hacia una dirección más dramática e interesante, como en el bello final orquestal tras la muerte de Boris. El coro del Bolshoi no está muy sembrado en la actuación, pero el canto tiene ese sonido tan particular, tan folclórico y tan potente que solo se encuentra en las agrupaciones rusas y por eso son referencia en esta obra. Como verdadero protagonista del drama, son conscientes del peso musical y escénico que cargan sobre sus espaldas: por eso y sin llegar al refinamiento de un Karajan o la tragedia de un Gergiev, cantan con el alma, lo que es efectivo en el prólogo o en la escena de Kromy, donde logran una interpretación vocal memorable. En esa misma escena se puede destacar el coro femenino cuando ocho mujeres cantan una canción tradicional que será replicada por el resto, desde un pianissimo delicioso. Pocos coros han cantado esta obra como el del Bolshoi.
Evgeny Nesterenko era el Boris de su época, siempre en un estilo tradicional y personalísimo a la vez. Es cierto que como los bajos rusos de su tiempo, cantaba con una rotundidad que podría resultar bruta (no todos pueden ser Chaliapin o Reizen), pero es innegable que estamos ante una gran interpretación. La suya es una voz que suena atronadora, pero no del todo desagradable, con las notas en su sitio sin un sonido cacofónico o insuficiente como a muchos bajos de hoy les ocurre. No puede ocultarse que grita, pero hay momentos en que esos gritos brutales convienen al drama. Su Boris es un hombre físicamente bruto, pero augusto. Es capaz de emocionar, de bellos pianissimo como en la palabra "izkusheniy" al final de su despedida. Incluso siendo una interpretación a la antigua, transmite el perfil atormentado de su personaje, causando horror y compasión en el público: su mirada triste y sufriente, cuando se arrodilla como un cordero manso ante Shuisky para pedirle que le diga la verdad sobre Dimitri, la terrible escena del reloj o su locura, ya visible cuando el Inocente le dice que no puede rezar por él, o en la escena de su despedida y muerte, en la que sufre terriblemente y llora después de rezar por su hijo, o cuando es tierno con sus hijos. Capaz de la mayor sensibilidad, también puede ser brutal, como cuando brama el final "tsar" en un último arrebato de poder.
Vladislav Piavko, esposo de la legendaria Irina Arkhipova, es un gran Falso Dimitri. La voz es hermosa y tiene ese timbre lírico-spinto que da más relevancia al personaje. En el dúo con Marin es donde más destaca la belleza de su canto, con una dicción exquisita y sensual. Pero además de todo esto, es un gran actor, en la línea de Nelepp: para el recuerdo sus caras de angustia cuando está a punto de ser pillado por los guardias mientras Varlaam lee su verdadera descripción, totalmente siniestro cuando escucha la historia de Dimitri por boca de Pimen o falsamente noble cuando dirige a sus tropas hacia Moscú al final.
Tamara Sinyavskaya es una Marina de voz hermosa y arrebatadora, bien proyectada y con un timbre seductor y carnoso, totalmente armonioso. El vibrato está perfectamente emitido. Memorable la falsa ternura cuando canta "O Tsarevich, umolyayu" en el dúo, con un increíble legato, con unos agudos impresionantes como ejemplos, que van bellamente ligando las notas. Sublime.
Aleksandr Vedernikov, un gran Boris en los 70, es aquí un Pimen rotundo, potente, bien cantado, y el declive vocal lo canaliza maravillosamente en la proyección totémica que aplica en su personaje, con un porte que inspira respeto.
Vladimir Kudryashov es un Shuisky correcto, de buena voz pero interpretativamente a distancia de los grandes del reparto. Su Shuisky es odioso, pero no transmite toda la maldad y antipatía requeridos para el personaje; aunque sale airoso.
Alexander Fedin no es Kozlovsky (¡y quién puede serlo! Es imposible llegar a ese nivel) su Idiota está muy bien cantado y bien actuado en la escena de la Catedral de San Basilio, si bien no estremece mucho.
Artur Eizen es un Varlaam de manual, con su aspecto socarrón y su voz bufa y bruta a la vez, una de las grandes interpretaciones del grotesco personaje.
Yuri Mazurok es un elegante Shelkalov, cuya breve e intensa aria del prólogo está magníficamente interpretada. Entre los familiares de Boris,
Nelya Levedeva es una dulce y elegíaca Xenia y
Tatiana Yerastova tiene una bonita voz de mezzo , además de ser una buena actriz cuyo tierno y achuchable Fiodor convence con su ternura e inocencia.
El resto de secundarios del Bolshoi está al magnífico nivel de siempre, todos con unas voces estupendas y actuaciones divertidas y , destacando al veterano
Alexander Arkhipov como Missail y
Raisa Kotova como el aya, con graves de auténtica contralto.
Cada vez que veo este vídeo no puedo evitar emocionarme, a veces hasta la lágrima (y en ópera raramente me pasa esto), con el final de esta producción. Es verlo y acabar destrozado, con un nudo en la garganta. Pero pese a su un poco exagerada gesticulación, el final tiene en esta interpretación una carga dramática tan fuerte, en tan poco tiempo y con una desoladora música de fondo, con cuya descripción termino mi crítica:
Boris acaba de morir triste y desgarradoramente. Fiódor se derrumba, embargado por el dolor de la pérdida de su padre, sobre su cuerpo. Mientras tanto, Shuisky, que ha entrado hace poco, se acerca al trono. El zárevich se llena de valor, se incorpora para ocupar el trono de su padre, pero al intentar sentarse en él, el malvado boyardo le hace un gesto para que se aparte. Entonces, el pobre Fiódor, al comprender que no solamente no ocupará el trono sino además que le espera posiblemente la muerte, se termina de derrumbar, arrojándose a llorar amargamente sobre el cádaver del difunto zar mientras el dorado telón del Bolshoi cae sobre el escenario.
Siempre puede conmigo.