
En contra del parecer de los Cellettis, Giudicis, Fragas, sabios, imanes, druidas, y en una palabra, del Universo (es que ya saben que a mí esto de que todo el Planeta piense una cosa, por ejemplo
Pagliacci es guay, y yo otra, me pone muchísimo), opino que en el canto de Gedda, aparte de la conocida corrección en la ejecución y la también conocida limitación del colorido del instrumento, hay efectivamente un personaje. Que no es, desde luego, el amantísimo y vitalista joven de salud rolliza de Björling y, sobre todo, Pavarotti, sino un modelo distinto del mismo: un poeta ilustrado, o al menos leído (todo lo que puede), de cierta simulada ironía (wildeana en la llegada de Mimì en el acto primero), que sabía tomarse sus privaciones con cierta filosofía contemplativa y a quien la repentina llegada del amor rompe los esquemas y desarbola por completo, llevándole a situaciones difíciles de la vida que no sabe gestionar. Lo cual quizá no sea nuestra idea del rol (ni la de Puccini), pero es una idea del rol. En contra de lo que tanto se ha dicho, no es cierto que Gedda cante Bohème como si estuviera cantando La Tarara.
Giudici, que fue sin duda el Frenólogo de su generación (y de todas las generaciones), opina que Freni está aquí inusualmente poco expresiva (sin que sea culpa de ella, por supuesto, sino de Schippers, que era un borde). Lo que pasa es que como yo no soy capaz de distinguir a la Freni poco expresiva de la muy expresiva (eso que me llevo), hallo aquí una sanísima lozanía de sonidos hermosos que, con esta cantante y en este rol, satisface mis expectativas. Muy bien Sereni en un Marcello ambiguo y polifacético, y de Mazzoli hacia abajo cada vez menos bien el resto de cantantes, llegando al límite mínimo con Carlo Badioli y Paolo Montarsolo. Bastante bien Schippers, salvo cuando confunde la transparencia con revelar el truco.
En suma, una Bohème que, por lo que nos dice la crítica y la tapa del disco, ya sabemos sin tener que oírla que es insustancial, pero luego la oímos y no lo es tanto, ni mucho menos.