|
Leo Nucci es un hombre que ni por instrumento ni por emisión me ha parecido nunca una cosa extraordinaria. Tendrá su carrera, sus galones, su prestigio de último Rigoletto "de verdad" y lo que quieran (aunque "La Verdad" no es, desde luego, el nombre que yo le pondría a sus ristras de Vendettas, pero bueno), pero a mi modo de ver, su sistema de canto nunca ha sido providencial. Sin embargo, cuando se le llama antigenio, creo que no se está hablando de su voz ni de su técnica, sino de su fraseo. Fraseo que le ha dado fama, y que, sin duda, le genera inquietudes para las que ha buscado respuestas, pero salvo en poquísimos papeles (Rigoletto, Figaro y ya), no podría decir que ha sido nunca revelador ni mediador de nuevos horizontes. Antes al contrario, más allá de la dicción italianísima y los acentos más o menos espontáneos que la misma infiere a su canto, yo veo a un señor que recicla lo que en el fondo son clichés melodramáticos, muy 2.0 si se quiere, pero en el fondo, ya muy sabidos. Porque el "con qué intensidad lo vive" no es suficiente (Villazón también lo vivía todo con mucha intensidad, y ya me dirán) si no se alcanza a conmover con un concepto propio, cosa que a Nucci creo que siempre le ha quedado lejos. Y entonces el problema no es tanto que Nucci no sea genial, sino que va aparatosísimamente de genial por la vida sin serlo.
Si es en este sentido en que se emplea el término antigenio (sentido en el que, aparte de cantar fatal, Gobbi es el EMPERADOR SUPREMO de los mismos), puedo comprender el calificativo, al que sumaría a Boris Christoff, un señor megaenfático pero siempre con el mismo énfasis requetesabido y que hablaba balleno 50 años antes que Dori.
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
|