Aprovechando que hoy estaba en casa de mi madre, me he pegado un buen atracón londinense.
Primero, el Wawrinka-Del Potro, ganado por el argentino en cuatro sets, jugando un buen tenis ante un rival que dio la impresión de estar dudando entre hacer una obra de caridad y un autorregalo vacacional para irse a la playa.
También presencié los apuros de Serena ante McHale (Cristina, no Kevin) y la remontada de Feliciano ante Fognini (3-6, 6-7, 6-3, 6-3, 6-3), basado, además de su servicio... ¡en el juego de fondo de pista, con poquísimos errores!
Pero lo mejor ha sido el partido entre dos seres extraños, salidos de diosabedónde, que juegan a veces al tenis y otras al ping pong (o pin pon), al frontón o al pádel, con un aspecto físico de lo más alejado de un deportista. Los dos últimos verdugos de Nadal en Londres: el encorvado Kyrgios y el desgarbado Brown. El partido tomó un extraño rumbo en el tercer set, empeñados ambos en realizar el golpe más rocambolesco, el sartenazo más veloz, la dejada con más efecto... Ni ritmo, ni estrategia, ni estilo... Golpes geniales mezclados con errores inadmisibles no ya en un profesional sino en un junior. La técnica de ejecución pasaba de lo excelso a lo muy deficiente en cuestión de segundos. Una especie de
totum revolutum que dio vencedor al lenguaraz australiano sobre el rastafari alemán. En fin, dos piezas de difícil clasificación que hicieron las delicias del público.
Suspendidos quedaron unos cuantos partidos (hoy también llovió), entre ellos el de un apurado Djokovic ante Querrey, con dos sets para el americano. Le vendrá bien el descanso al serbio para serenarse y remontar. Porque remontará.