
Marek Janowski ha sido un músico más necesario de lo que se tiende a reconocer. Impecable formación, agudas reflexiones sobre la música que interpreta (desde el punto de vista del planteamiento, su Anillo me parece uno de los grandes tapados de la -fastuosa- discografía de la obra), y a los efectos que aquí nos interesan, un enamorado de la música de Weber, del que supo aunar la amplitud sinfónica, el carácter popular, el elemento fantástico de su incipiente romanticismo, la tradición pulcra y germánica de su composición y su irresistible melodismo.
Cuanto
Euryanthe tiene de obra novedosísima en el devenir de la historia de la ópera es un tema profuso que no es pertinente desarrollar aquí. Baste decir, en consecuencia, que todo lo que el aficionado necesita para comprender la enorme significación musical de la obra lo puede hallar completamente en esta grabación. Gracias, sin duda, a las capacidades comentadas de Janowski, pero también a los bellísimos sonidos de la Staatskapelle Dresden y a un excelente y motivadísimo reparto, de excepcional musicalidad. La trágicamente mínima discografía de la obra deja de ser, mediante este disco, un problema para el músico y el melómano.
Ante todo porque Jessye Norman nunca cantó mejor. Privilegiada voz, privilegiada artista y privilegiado momento (de la entonces muy joven soprano) se dan de la mano no sólo para ofrecer una excepcional prestación de canto sino también para revelar cuánto contribuye la exquisita musicalidad a la expresividad de la ópera como género, y a las obras de Weber en particular. El momento, no obstante, no es tan privilegiado para Nicolai Gedda, intachable todavía en cuanto a profesionalidad, rigor y estilo, pero un paso por detrás del ideal de Adolar en cuanto a fantasía. Fantasía de la que no carece Rita Hunter (que por aquellas fechas se cantaba para Goodall las Brunildas que constituyen prácticamente su otra única contribución a la discografía oficial), captada en el momento idóneo de su fugaz esplendor vocal. Pero lo que se sale de toda medida es la impresionante encarnación de Lysiart debida al enorme actor-cantante que fue Tom Krause.
Sic transit gloria mundi, if ever.