
Por algo son clásicos los clásicos.
Que Birgit Nilsson, a los 62 años, pueda salir a un escenario y de un tirón cascarse la Elektra que se pega en esta función, con un dominio del papel tan intenso que hasta los silencios, los gestos, las miradas y los bailes cantan y actúan, con una entereza instrumental respetabilísima (¡en ese papel!) y con una sapiencia tan profunda en el desarrollo del personaje, es verdaderamente increíble. Por supuesto, la voz de Nilsson no es la de la grabación de DECCA, hay varios momentos (en realidad, más en notas de pasaje que de agudo) que quedan bajos de afinación (sobre todo en la ternura del canto a Orestes, que nunca fue el punto fuerte de la Elektra de Nilsson) y el cansancio según avanza la función se va notando, pero la autenticidad que ante nuestros ojos adquiere el personaje arrasa con las pegas vocales hasta llevarnos a una encarnación que es a un tiempo homenaje y tragedia viva, y en ese sentido, incontestable. Y el MET, por supuesto, se vuelve loco.
Muy digno el entorno, con cosas de mucho valor. Puesta clásica, de las que gustan en el MET, explícita y eficaz. Levine saca lo mejor del embrión de lo que será su orquesta, y aunque hay momentos cortos de suntuosidad orquestal, la teatralidad y el acompañamiento a los cantantes resultan primorosos. Los secundarios, si bien no idóneos, están muchísimo mejor de lo usual en el templo americano de la época. La voz tocha y la falta de matices de Donald McIntyre hacen que Orestes no revele nada (¿por qué se empeñan los barítonos en no comprender que en la frase
Die Hunde auf dem Hof erkennen mich, und meine Schwester nicht? hay toda una vida de supervivencia finalmente aliviada?) pero suene todo lo que tiene que sonar. Leonie Rysanek, de alguna forma, "tenía que estar": había sido la Crisótemis de su generación, haría inmediatamente una sorprendente Elektra en película con Böhm, y remataría su carrera con Clitemnestras como la recordada de Orange junto a Gwyneth Jones. Pero su comienzo en esta función es pavoroso: disfrazada de Baby Jane Hudson, madurísima de voz como para encarnar la palpitante fertilidad de Crisótemis y repetidamente fuera del sistema tonal (las notas de su esencial frase
Kinder will ich haben! son irreconocibles). Sin embargo, cuando uno ya se había resignado a verla más por el testimonio de ser y haber sido la Rysanek que por una verdadera prestación, en la escena del anuncio de la muerte de Orestes y la manipulación de su hermana sobre ella para incitarla al homicidio de su madre, sorprendentemente mejor de voz, Rysanek se pone interpretativamente a la altura de Nilsson y ambas ofrecen un electrizante, inolvidable momento de teatro musical. Gratísima sorpresa la de Mignon Dunn, que no tiene la voz de las contraltos inmortales del rol pero resulta una muy preparada, inteligente e intensa Clitemnestra.
Globalmente, pese a alguna menudencia, una grabación histórica y un DVD obligatorio.