
Tengo la esperanza de que, cuando se tenga la bastante perspectiva histórica, alguien estudiará en serio las direcciones operísticas de Claudio Abbado para revelar, más allá del magisterio técnico y la nobleza, coherencia y calidad sonora de sus interpretaciones (cosas que se dicen frecuentemente), las excepcionales dotes del director milanés para narrar con el sonido, algo que se suele resaltar mucho menos pero que constituye la verdadera rúbrica de la aportación del maestro al teatro cantado. Y en
Cenerentola (partitura anfibia entre humor, melancolía, herencia mozartiana y sal gorda mediterránea, a un tiempo elevadamente belcantista y accesible como un cuento) se advierte como pocas veces la capacidad de Abbado para iluminar la partitura desde el interior y llenarla de significados de enorme cultura ilustrada, pero sobre todo, de gran bondad, y en ese sentido, sensiblemente expresivos de la
vicenda. Porque los grandes músicos pueden emocionar con la 1ª de Mahler, pero emocionar con la limosna clandestina a Alidoro o el anhelo de Cenerentola para ir a la fiesta exige músicos soberbios.
La conjunción de una cantidad irrepetible de factores (la irreprochable musicalidad, la concienzuda preparación, la adecuación casi soñada del instrumento al lenguaje rossiniano, la perfecta compresión de lo que históricamente había sido la profesión de cómico vocal y la humildad giuliettamasiniana que se le deriva, y por supuesto, la química absoluta con la batuta) permiten que Teresa Berganza escriba con Cenerentola una de las páginas de oro de la ópera grabada de todos los tiempos. Vocal y estilísticamente primorosa (aunque habrá quien prefiera alguna de sus grabaciones anteriores del rondó, aún más plena de jovialidad), siempre con una tiernísima sonrisa a medio esbozar, la madrileña tiene el verdadero secreto de frases como
la la la la, li li li li (tan esquiva a tantas cantantes, donde Berganza describe por entero al personaje),
zitto zitto su prendete,
star sempre fra la cenere?,
parlar, pensar vorrei y muchas más. Una asunción imprescindible.
A partir de ahí, el paternalismo de Abbado hace lo que puede para rescatar un cast masculino repleto de problemas. Paolo Montarsolo canta bastante mal (nada más aparece, el
vi ripudio, mi vergogno es aterrador), pero la mano del maestro para limar sus payasadas y la hábil colaboración con los tempi (como la muy moderada velocidad de
Sia qualunque delle figlie, que permite un solvente sillabato en
chi l'appalto delle spille) terminan haciendo posible un Don Magnifico canoramente pasable y teatralmente viejuno pero no desprovisto de cierta eficacia: moderadamente cómico, avaro y ruin pero redimible en última instancia por su hijastra. Lo cual hace más ingrato el resultado de Renato Capecchi, que canta algo mejor que Montarsolo pero se expone a música muchísimo más difícil de ejecutar, y aunque la sortea con cierto decoro, es la falta de juventud y la posición retrasada de la emisión lo que le traicionan, impidiéndole retratar convincentemente al criado vitalista y opulento, rey por un día, dispuesto a rentabilizar hasta el último instante su farsa dentro de la farsa. Y la ingratitud es aún mayor en el caso de Luigi Alva, que es con diferencia el mejor músico de los tres, el que mejor hace Rossini, el que de forma más completa ha entendido la Cenerentola que Abbado quiere dar al mundo, el que más se esfuerza en dar vitalidad a su personaje sin salirse de la elegancia, pero al que más en evidencia deja su complicadísima página solista, con la que ya no puede bajo ningún término (no se sabe si son peores los Do4 de microfalsete mosquito o los que intenta emitir a voz plena). Bien la Guglielmi, no tanto la Zannini, y mal Ugo Trama, que parece que canta Alidoro porque también es de la cuadrilla y sería feo no invitarle a la cena de después.
En suma, una lectura capital para entender la gestación de lo que sería el renacimiento rossiniano, con una eximia e imperecedera interpretación de la protagonista y donde el talento de la batuta conduce verdaderamente a la
bontà in trionfo, evitando el desastre al que parecía conducir el imposible cast masculino.