
Inmenso regalo de Claudio Abbado y Renato Bruson a la Ópera de Viena de su profundo, sobrio y humanísimo conocimiento de Verdi (es posible que se trate de las dos personas que con mayor fe en la humanidad han hecho Verdi desde 1980). El idilio del maestro milanés con esta partitura, que llevó a cotas de expresividad y emoción irrefrenables, no vamos a descubrirlo aquí. Baste comprobar que esta fuese la partitura elegida por Abbado para presentarse ante la audiencia vienesa, como síntesis de lo que significaba para él hacer música, hacer teatro, hacer arte.
Lo de Renato Bruson no es de este mundo. No es solo que el personaje aparezca completamente definido, el canto sea de altísima escuela y todos los grandes momentos del papel (el dúo con Maria, la arenga a la Génova cainita, la IMPRESIONANTE escena de la muerte) aparezcan espléndidamente resueltos, sino que el talento fraseador, caldeado por Abbado y por la escena, hace que surjan por doquier momentos reveladores en los que las frases más insospechadas se convierten en un acontecimiento. Cuánto significado encerrado en "s'è degno di te l'eletto del tuo core", "Perfin l'onda del fonte è amara al labbro dell'uom che regna", "Il mare! Il mare! ah, perché in suo grembo non trovai la tomba?", "balsamo all'alma mia il tuo perdon sarà", y tantas otras. Una exhibición portentosa de un verdadero talento del canto lírico.
A su alrededor, un reparto, si no excelente, sí muy digno. Aunque Katia Ricciarelli ya no puede disimular del todo los problemas de su fatigado instrumento (y personalmente me pone un poco nervioso su vicio de empezar a emitir, cuando canta a dúo o en conjunto, antes de que empiece su frase para que no le pille con la nota sin preparar), todavía en 1984 conserva mucha de la tremenda belleza de su voz y esporádicas exquisiteces de fraseo revelan una cantante que tuvo más talento de lo que suele decirse. Veriano Luchetti, ya al inicio de la decadencia, es aún un probo e italianísimo Gabriele Adorno, no precisamente bello (las frases irónicas a Simon cuando le sospecha inductor del rapto de Amelia son muy feas) pero brillante arriba y muy solvente en esta parte poco lucida y llena de trampas (su comprometidísima escena del acto II está muy lograda en el contraste de sentimientos). Ruggero Raimondi, por su parte, ya comienza a ser el hombre de las mil voces (una especie de Fritz Uhl en bajo italiano), de tal forma que no termina siendo ni malísimo ni buenísimo ni nobilísimo ni profundísimo ni todas las cosas que Nicolai Ghiaurov lograba con menos esfuerzo y mucha mayor naturalidad. Horrible el Paolo de Felice Schiavi, corto de voz, cortísimo de técnica y fratricidamente peleado con la consonante S (lo que dice en lugar de "Quel canto nuziale mi persegue... Gabriele Adorno sposa colei" solo él lo sabe), de tal forma que su Pietro, Konstantin Sfiris, termina superádole con creces cada vez que coinciden en escena. Muy buenos los hombres y buenas las mujeres del coro de la Ópera Estatal de Viena, apuntadora demasiado decidida a ganarse el sueldo (en serio, ¿es necesario apuntar que un personaje va a decir "Ah"?) y respuesta orquestal técnicamente mejorable, pero filosóficamente muy apropiada, a las intenciones de Abbado. Globalmente, una grandísima función.