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Boyhood (2014)
Aunque no comparto su visión de la vida y del propio cine, tengo que reconocer que Boyhood es una película de una coherencia desarmante. Si la vida no tiene sentido ni podemos dárselo, nos va contando Linklater, lo que toca es ir encajando o sorteando los malos momentos y esperando que llegue algún instante de plenitud para decirle aquello de Fausto, como podría haber dicho el protagonista en la última y memorable secuencia. La vida transcurre en una caótica sucesión de acontecimientos y el valor del cine consiste en que es capaz de reflejarlos sin imponer un discurso racional –lo que apenas sería posible en la novela, por poner un ejemplo. Boyhood es, como su propio subtítulo indica, “momentos de una vida”, y su valor está precisamente en el rechazo a cualquier tentación de integrarlos en una historia. En esta línea, la propia idea de personalidad se diluye: puesto que somos poco más que nuestras circunstancias a lo largo de la existencia, el guión va acercándose a los personajes a saltos temporales, con elipsis que nos privan de algunas de las razones de sus cambios o las arrojan de repente sobre la trama sin más causa que el azar. Lo único que queda de un ser humano así descrito es su naturaleza física y de ahí la validez -más allá de su originalidad- de la gran apuesta de la película: la filmación del crecimiento / envejecimiento de los actores a lo largo de los mismos doce años que viven sus personajes.
Pero, como decía, algunos no vemos así ni la vida ni el cine y nos aburrimos durante buena parte de un largo metraje dedicado a observar las mediocres existencias de unos individuos que hacen tonterías sin que sepamos muy bien por qué. Esto me temo que suena a soberbio y prepotente; lo políticamente correcto es compadecer a esos padres que amargan la vida de sus hijos con decisiones o indecisiones estúpidas por aquello de que “lo hacen lo mejor que pueden” (lo dice mamá al principio y se lo reconoce papá al final, en un diálogo supuestamente reconciliador). Lo suyo es también comprender a ese par de adolescentes egocéntricos e irresponsables, por aquello de que son víctimas o porque todos hemos pasado por esa edad tan jorobada. Vale. No les tiramos piedras. Yo no tiro la primera, ni siquiera sobre los canallas borrachos que arruinan las vidas de los que viven con ellos (aunque, siguiendo el mismo criterio, por algo beberán y serán tan h**** de p***, digo yo). Lo que ocurre es que sus vidas no me interesan. No tienen nada de interesante y menos si lo que se pretende es ganar mi complicidad haciéndome ver que esas vidas son como la mía, porque en ese caso más que probable me quedo con la mía. Ya me perdonarán sus admiradores, pero esa voluntad de Linklater de poner un espejo a lo largo del camino para reflejar a cualquiera que pase no está tan lejos del planteamiento original de Gran Hermano, aunque la estética y la evolución del experimento televisivo estén a años luz de Boyhood.
P.S.: Como esto me ha quedado demasiado circunspecto y estirado, añado que me entretuvo comprobar cómo los años han castigado bastante más a Patricia Arquette que a Ethan Hawke, al que le hace falta un bigotito y un poco de maquillaje para hacer creíble el cambiazo que pega su vida. Viendo como está la Arquette, su patética despedida en plan “¿ahora qué?” resulta aun más creíble y conmovedora. Le dieron el oscar, claro.
P.S. 2: También me hizo gracia descubrir de repente al avatar de angelparsifal, que me tenía muy despistado. Espero no haberle mosqueado con algunas de las cosas que he escrito, porque está claro que para él –y para otros muchos- la película es importante.
_________________ Para saber mucho: vivir muchos años, caminar muchas tierras, leer buenos libros o conversar con amigos sabios y discretos. (Baltasar Gracián)
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