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Esta es la pequeña crónica de un desamor anunciado. Al llegar al Teatro y encontrarme con el espacio de la orquesta casi vacío y al ver los dos pianitos, ya sé que no se llaman así, se me heló el corazón. Pero con el mejor de los ánimos empecé a escuchar y a ver el espectáculo. Después de unos cuarenta minutos de atender y de seguir el subtitulado, puesto que salvo a de la Merced no se entendía a nadie, sin poder evitarlo ya me desentendí de lo que en escena ocurría. Me dediqué a mirar la platea, se veía bastante bien, puesto que las arañas que la iluminan estaban a medio gas, y pude contar hasta catorce personas que deambulaban por territorios oníricos. Y entre ellos, no un burro como yo, sino un ex altísimo cargo de una de las universidades locales. Al empezar el primer entreacto el balance no podía ser peor, solo logró interesarme un aria que empezaba hablando del primer ardor, salí a la calle a tomar el fresquito, al ver la luz verde de un taxi, y sin reflexionar levanté la mano. Supongo que fue obra de un incivilizado instinto de supervivencia artística. Total que a los pocos minutos estaba en casita. En cuarenta años que llevo frecuentando teatros líricos y de prosa es la segunda vez que me pasa una cosa de estas. Sin duda me estoy haciendo mayor. Lo siento mucho. Espero que otros aficionados tengan más suerte que yo.
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