
Basada en el muy explotado libreto de
Adriano en las Indias, del inefable Metastasio,
Cleofide es una de las óperas que con más insistencia me habían recomendado las amistades barroqueras, inasequibles al desaliento conmigo. Y sí, hasta ahí llego, la obra maneja con habilidad las relaciones entre los personajes, perfilándolas algo más allá del tópico gracias a unas cuantas arias notables. La música es ágil, por momentos vibrante, con un tratamiento armónico nada ramplón, desde la atractiva obertura al coro final. Sin embargo, la duración del asunto se me hace a todas luces excesiva, así que recomendaría la edición de Phoenix, que contiene las jugadas más interesantes y se queda en poco más de setenta minutos de las casi cuatro horas de duración de la versión completa.
A pesar del prestigio del que al parecer disfruta,
Cleofide cuenta con escasas grabaciones. Esta es de 1986 y corre a cargo del especialista William Christie, solvente pero aquí un punto más mortecino que con sus Arts Florissants. El sonido de la Cappella Coloniensis es más bien opaco, tal vez producto de la toma, y el continuo (por cierto, a cargo de Christophe Rousset) un tanto pesante. En la parte vocal, la estrella indiscutible es Emma Kirby, adorada por los susodichos barroqueros y que lo canta todo con indudable musicalidad. A mí, francamente, una voz con tan poco peso y tan falta de armónicos me dice más bien poco, pero la daría por buena si al menos dominara la tesitura. No es el caso, porque el papel es bastante exigente y la señora no puede con los graves. En cuanto al elenco masculino, sería la galería de los horrores de algunos de nuestros más populares foreros. Todo falsetistas y cada uno representativo de alguna de las peculiaridades de la cuerda. Esto último, no obstante, a mí me parece un punto a favor, porque al menos dota de variedad a los papeles y permite una cierta confrontación entre ellos.
Il primo uomo (Poro) es el veterano Kevin Lee Ragin, de aquella primera remesa de contratenores multicolores sin el menor atisbo de pasaje; para colmo, la voz acusa un ajado vibrato. Un fraseo expresivo salva de aquellas maneras la interpretación de
Generoso risuegliati, la popular aria de la película Farinelli, pero la cosa se hunde en
Dov’è? si affretti, que merecería mejor suerte. El fiel Gandartes corre a cargo de un sopranista en toda la línea, Randall K.Wong, que, en el extremo contrario, luce un notable dominio técnico para afrontar la amplitud y agilidades requeridas por el papel, aunque con una gelidez de profesor de canto. Con todo, merece la pena escuchar su
Pupillette vezzosette. Los otros dos castrati contemporáneos son Dominique Visse (Alessandro) y David Cordier (Timogene). Este último me ha parecido el más interesante de los señores, dotado de una cálida voz de mezzo manejada con seguridad nada afectada. Visse, en cambio, nos regala un extraño híbrido como de niño de coro afectado por las primeras hormonas, de timbre pálido y áspero al mismo tiempo, un Alejandro Magno que pone a prueba nuestra credulidad, por mucho que nos repitamos aquello de que el barroco tiene sus propios códigos.