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La tengo muy lejana, pero sí que recuerdo que era muy inquietante.
Ayer doble sesión de cine. Fui solito a ver Mr Holmes, que se me escapaba, y luego, forzado por esas cosas del trato social, vi Atico sin ascensor.
La de Mr Holmes me ha entretenido mucho. Quizás se tiene que ser un amante del mundo holmesiano para disfrutar de alguna cosa que vaya más allá de la cuidada ambientación (cuidada, esto es, salvo en el retrato de un Japón precariamente urdido con trapillo, cartoné y mares de barniz que camuflan el plástico), del vestuario siempre expresivo, y no simplemente ajustado a la época, y de la potencia actoril típica de estas producciones así como British.
Se nos quiere meter de matute una película sobre las emociones, pero en realidad la cosa no pasa de un juego literario/cinematográfico; eso sí, hecho con mucho mimo (el escaparate del taxidermista Ambrose Chappel, el Holmes chaval del Misterio de la Pirámide interpretando a Holmes adulto en una peli en blanco y negro...). La única emoción real se la trae a la pantalla, casi de tapadillo, el extraordinario Ian Mckellan, y porque no puede evitarlo, el hombre, a estas alturas.
Los casos son flojitos. El de la mujer, cuya postiza complejidad se apoya en un elemento psicológico o emocional que se le escapa a Sherlock (buena idea de partida), es en especial poco convincente, pero sólo porque está más elaborado por los guionistas, que nos dejan la impresión de que esperaban exprimirle jugo dramático genuino a la historieta. Y no diré que la han sacado del bottom of the barrel, pero tampoco viene del top drawer, digamos, para ser irritantemente cosmopolitas y dar a entender que nos hemos educado poco menos que en Oxbridge.
Es como si los hacedores de la peli hubieran tenido este cuento aprestado en la recámara como suficientemente bueno para utilizarse a falta de una idea mejor (que estaban seguros de que acabaría por llegarles), sin que, en efecto, a la hora de rodar, la inspiración se hubiera mostrado generosa.
Y, sin embargo, la peli es elegante, es ingeniosa, está bien interpretada, y, chico, pues que me ha gustado bastante. Uno es así de inconsecuente.
Laura Linney me encanta, incluso de madre madurita, casi marchita.
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