En esta jornada de liberación temporal de la isla mágica wagneriana, quizá no sea del todo mala idea encerrarse por un cierto tiempo en la isla mágica de
Alcina.
Alcina es una de grandes óperas de la madurez de Haendel, pero eso me importa menos que el hecho de que se trata, probablemente, de mi ópera haendeliana preferida. Creada en 1735 inmediatamente después de
Ariodante, Haendel no parece realmente tan interesado en la historia del Ariosto cuanto en realizar un retrato asombrosamente detallado del carácter de sus personajes, y sobre todos ellos, del que da título a la obra, que tiene a su disposición uno de los ramilletes de arias de más abrumadora belleza, inventiva y variedad de la historia del género; y que contra el contenido literal del libreto, resulta retratado a través de la música con tales dosis de humanidad, compasión y desgarro que el espectador no puede evitar sentirse de su lado.
Alcina ha llegado a ser una de las óperas más famosas y representadas de Haendel. Supongo que ayuda, en la consideración de las divas, el extraordinario papel protagonista, que en su momento defendió Joan Sutherland y en los últimos años han asumido entre otras Fleming (en París), Harteros (en Munich, Milán y Viena), DiDonato (en disco y en una gira de conciertos realizada hace unos meses) o Bartoli (en una producción muy celebrada en Zürich hace año y medio). En el Festival de Aix-en-Provence, la obra se estrenó en 1978, protagonizada por Christiane Eda-Pierre y con el Ruggiero histórico de Teresa Berganza. La segunda visita de la maga al festival provenzal ha tenido lugar en esta edición de 2015, como segundo panel de lo que por ahora parece que será un tríptico haendeliano, después del
Ariodante de la pasada edición y antes del
Trionfo del Tempo anunciado ya para la próxima.
Este es el enlace a la retransmisión de la función del pasado 10 de julio:
http://www.theoperaplatform.eu/fr/opera/handel-alcinaY el equipo artístico de estas representaciones fue el siguiente:
Andrea Marcon (dirección musical)
Katie Mitchell (dirección escénica) – Chloe Lamford (escenografía) – Laura Hopkins (vestuario) – James Farncombe (iluminación) – Joseph W.Alford (movimientos)
Vitaly Polonsky (maestro de coros)
Patricia Petibon (Alcina) – Philippe Jaroussky (Ruggiero) – Anna Prohaska (Morgana) – Katarina Bradić (Bradamante) – Anthony Gregory (Oronte) – Krzysztof Baczyk (Melisso) – Elias Mädler / Lionel Wunsch (Oberto)
MusicAeterna
Freiburger Barockorchester

Tuve la fortuna de poder asistir a una de las representaciones, la del pasado día 18, y me caben pocas dudas de que Aix ha logrado en esta ocasión situarse a la altura de su propia historia. Espectáculo total, fascinante en todos sus planos, tan capaz de ofrecer alimento a la vena reflexiva del espectador como de satisfacer su apetito abandonadamente sensual, estamos como en el caso del
Ariodante del pasado año ante uno de los acontecimientos líricos de la temporada, un espectáculo llamado a instalarse en la memoria del espectador y a servir como punto de partida y de retorno para cualquier aproximación futura a la obra de Haendel.
Como en todo gran espectáculo operístico, hay en esta
Alcina una integración asombrosa de todos sus diversos elementos, que operan en una simbiosis tan improbable en un principio como inevitable si se mira la función en perspectiva. Mitchell ha recreado un mundo cerrado (un
orto chiuso como la propia isla de la Maga), donde la magia posee algo de lo siniestro y de lo falible: una habitación central ricamente adornada que no es en realidad más que una especie de decorado o de teatro donde tienen lugar los juegos eróticos de las dos hermanas hechiceras, cuya juventud y belleza se transforma en vejez y fealdad extremas según atraviesan las puertas de esa cámara central y se dirigen (atravesando unas dobles puertas mágicas) a los dos oscuros y semivacíos cuartillos laterales que sirven de laboratorio o de despacho, como si el interior del alma de las dos magas estuviera igual de desolado como deslumbrante y cuidada es su apariencia exterior. A mitad del primer acto se descubre además una estancia situada por encima de estas tres, donde se halla la máquina que transforma a los amantes de las magas en animales disecados, que a su vez forman parte destacada, dentro de diversas vitrinas, del mobiliario del salón inferior. Si la yuxtaposición de un ambiente donde se desarrolla lo que los personajes perciben como el mundo real y de otro a modo de laboratorio, que controla y determina aquello que sucede en el primero, recuerda poderosamente al planteamiento escénico ya desarrollado por Mitchell para
Written on skin, si la reiteración de las transformaciones de las magas según cruzan las puertas mágicas provoca que el recurso acabe resultando tan predecible y poco excitante como la sucesión de placeres inanimados que conforma la vida de ambas hermanas, si la asociación entre la coloratura barroca y la que genera el placer físico no es señal de una imaginación teatral desbordante, no es menos cierto que el espectador permanece fascinado durante todo lo largo y ancho de la función, con el ánimo en suspenso ante la extraordinaria manera en que aparece plasmado el carácter de cada uno de los personajes, ante la complejidad con que se logran relatar sus relaciones, ante la vida que cobra la sucesión de peripecias que conforma el libreto.
Un planteamiento escénico de estas características, tan centrado en el retrato de los personajes, reclama de un conjunto de actores excepcionales, y felizmente tal condición, sobre todo por lo que respecta a las dos anti-heroínas protagonistas, se ha cumplido de manera plena. Siempre con un punto de lo excesivo o de lo histriónico, Petibon logra en esta Alcina la más incontestable de sus encarnaciones hasta la fecha, un retrato de matices riquísimos (podría defenderse que más allá de las fronteras del manierismo, según los gustos) donde hay tanto espacio para la sexualidad como para la melancolía, para la furia como para la soledad, para la doblez como para la desesperación. Como personaje, esta Alcina resulta conmovedora porque sabe en todo momento que su destino es el de ser abandonada, introducida ella misma en una vitrina como un animal disecado, objeto de la mirada curiosa o casual de otros que no sabrán comprender; y sin embargo, la maga nunca intenta realmente resistirse al desastre que le aguarda, ejercitar unos poderes que sabe desfallecientes, negar el amor que le domina por Ruggiero. Vocalmente, Petibon luce un instrumento grande, timbrado, flexible, oscuro; la voz parece haber ganado cuerpo y densidad, y conservando la brillantez y la facilidad en el agudo, el centro es ahora más sombreado y compacto. La imponente música escrita por Haendel para el rol le permite exprimir a fondo las posibilidades expresivas de cada frase, de cada palabra y de cada nota, jugando con el sonido para crear momentos de suspensión del tiempo, que el público reconoce y premia con un silencio arrobado, perfecto, religioso.
Más allá de las reservas que pueda suscitar su vocalidad (proyección escasa, extensión limitada, centro algo mate o sordo), la categoría artística de Prohaska es extraordinaria por la manera en que sabe colorear el texto, acentuar la frase, describir la emoción. Su Morgana es una mujer desesperada, que busca (y halla) el amor en medio de, a pesar de, a través de, su florido barroquismo erótico, del que es trasunto su florido barroquismo canoro. Aunque su pronunciación no es la más clara, ni sus medios son los más sobrados, es quizá su personaje el que se inscribe de manera más indeleble y conmovedora en la imaginación del espectador.

Con Jaroussky sucede un poco lo contrario que con Prohaska: aquí el virtuoso vocal domina sobre el actor o el intérprete, que se pliega aplicadamente a las indicaciones de la
mise en scene sin llegar no obstante a traspasar las puertas mágicas de la actuación, que las dos magas atraviesan en todo momento. Es a través de su canto que Jaroussky crea la magia, ya en las arias de coloratura ejecutadas con asombrosas velocidad y perfección, como en los momentos meditativos, en que regula a placer, con un control total de la respiración. Como ya logró con aquel Sesto del
Giulio Cesare salzburgués hace unos años, Jaroussky se apodera del escenario con un canto de belleza tan irreal que aleja de la mente cualquier otro posible pensamiento.
Bradić es un agradable descubrimiento como Bradamante: voz oscura, desenvuelta en el registro agudo, con un cuerpo y un grave suficientes para poder pensar en una Carmen o una Dalila, y toda la agilidad que reclama el canto barroco. Agradable timbre pero no excesiva proyección la del tenor Gregory, seguramente el elemento menos notable del elenco. Espléndido como actor, no muy oscuro, aunque sí umbroso y matizado en su única (pero bellísima) aria,
Pensa a chi geme, el bajo Baczyk. Muy convincente teatral y musicalmente la decisión de confiar el papel de Oberto a un niño soprano, cuya ajenidad a las procelosas peripecias de los adultos que tienen lugar a su alrededor ilumina el carácter fútil y vacuo de estas; el cantante es además expresivo y luminoso en grado sumo.
En fin, todo el edificio de una ópera tiene sus cimientos en el foso, y cuando el foso está ocupado por la imperial Freiburger, pocos cimientos más sólidos cabe imaginar. No sabe el oyente si pasmarse más ante el virtuosismo de los pupitres individuales (las trompas en
Sta nell´Ircana pietrosa tana, el violonchelo en
Credete al mio dolor, la flauta en
Mio bel tesoro) o ante la riqueza, vigor y transparencia del sonido del
tutti, capaz de traducir por sí mismo todos los
affetti dispuestos por Haendel. Marcon, comandante del navío, posee la pasión, la inteligencia y el talento necesarios para permanecer en un aparente plano de subordinación, con la lógica e inevitable consecuencia de operarse en el espectador la magia de estar escuchando nada más y nada menos que a Haendel. Es en sesiones como esta que la ópera barroca revela su hipnótica, recóndita y mágica faz, como una de las creaciones más extraordinarias jamás concebidas por el espíritu humano.