LUISA MILLER (Festival de Verbier 2015)
El Festival de Verbier, en Suiza, presentó el otro día una versión en concierto de la "Luisa Miller" verdiana. Hasta ahí todo más o menos bien, pero el "barbarismo" es que se trata de una selección de la obra, y además hecha un poco en plan compadre, sin mucha coherencia. Lo bueno es que ha permitido que un servidor descubra a una joven soprano que no conocía, Erika Grimaldi, y que promete bastante, si no se tuerce. Voz de lírica pura, tersa y homogénea en toda la tesitura, con una emisión sana y muy bien colocada, en posición alta desde el grave (que no se desfonda en ningún momento) y que busca la punta y el brillo desde el mismo origen. Los sonidos salen muy bien apoyados, con nitidez y expansión, lo que propicia un canto límpido y natural, y una zona aguda penetrante y esmaltada. En ese sentido, son admirables el campaneo de su voz en el cuarteto del segundo acto, o la pureza de las agilidades en el dúo con el barítono del último acto, que suenan luminosas y cristalinas, nada que ver con las gallinas de corral que nos endosan un día sí y otro también. El canto es ligadísimo y las frases a media voz, que la cantante no ahorra, están muy bien sostenidas. Habrá que seguirle la pista.
Con el resto del reparto, bajamos unos cuantos escalones (en algún caso, varios pisos) y nos situamos en el nivel más de andar por casa que es común hoy en día. El tenor polaco Piotr Beczala encarna a Rodolfo en lo que creo supone su debut en el papel. En realidad, Beczala da igual lo que cante y lo que debute, porque todo suena exactamente igual de aburrido y de engolado. El papel de Miller, padre de la protagonista, corre a cargo de Simone Piazzola, que empieza descentrado en su escena solista (el primer fragmento del concierto), pasando apuros en la zona de paso y con todos los agudos en retaguardia. En el dúo con su hija, la cosa mejora un poco. Intenta un canto matizado y expresivo, y acaba resultando modosito, aunque con los defectos apuntados. Comparado con la pléyade de barítonos caninos que pueblan la tierra, no es de los peores.
El bajo Vitalij Kowaljow, en el papel del Conde Walter ofrece una voz hueca, nasal y de fraseo inerte, y Daniella Barcellona como la Duquesa Federica (parece que sus incursiones en territorio verdiano son cada vez más habituales) resulta cumplidora y aceptable. En el cuarteto se sacan de la manga a un bajo ignoto para que incorpore el papel de Wurm, y mejor habría sido que lo hubieran dejado donde estaba

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La dirección musical de Gianandrea Noseda es la otra gran baza de esta función. Desde la apasionada y fogosa obertura, el ímpetu del maestro no decae en ningún momento, haciendo partícipe a la orquesta (compuesta en su práctica totalidad por instrumentistas jovencísimos) de sus descargas eléctricas. Hay una gran pulsión rítmica y una extraordinaria tensión dramática a lo largo de todos los fragmentos, conjugado con un sonido pulcro y matizado. A destacar el dúo mezzo-tenor, el cuarteto, el acompañamiento alfombrado al aria del tenor (una pena que Beczala lo desaproveche), y toda la escena final, de altísimo voltaje teatral. Como curiosidad, señalar que Noseda besa la partitura de la obra que tiene sobre su atril al finalizar el concierto. Mejor prueba de amor que su interpretación no cabe, y hace mella en el lamento por haber perdido la ocasión de disfrutar de la obra en su totalidad

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