Que sí, que sí, que en Munich se cae el teatro porque van autobuses desde los Alpes Bávaros pagados por el Dioni, que en Viena porque dan bombones Mozart y Strudel en la puerta a quien demuestre un cierto número de decibelios, en Zürich dan relojes de cuco y queso mucho queso, y en Milán resulta que sólo han vendido cien entradas y los demás eran peregrinos (vamos ni el camino de Santiago) o les han prometido un puesto fijo en la administración... El hecho es que hace cuatro días una muñequita muy mona y jovencita que se vende como diva de ahora, ha sido sonoramente abucheada en La Scala y esta señora ha puesto el teatro en pie y se ha visto a obligada a bisar el final de Roberto Devereux cuando ya se había cantado un programón, vamos igualito que los que se cantan todos estas estrellas o estrellados de la ópera de ahora, es decir, la ópera con minúsculas.
A lo que hay que sumar gente que odia a una cantante, pero va a verla, catacaldos y chafarderos habituales que hablan por hablar, o tocahuevos más habituales que han de dejarse notar... No pueden negar que este asunto de Edita Gruberova da para una convención de psiquiatras... Pero ¿Cómo puede entenderse y por qué curioso proceso mental se llega a que a algunos les moleste, que el último fenómeno vocal de la historia del canto siga echando los teatros abajo con 68 años y medio y 47 de carrera? En plena edad de hojalata del canto, con camelo divos por doquier que ni siquiera tienen la voz colocada, que su única técnica (vocal?) es hacer gimnasia para dar guapetes en el escenario y agradar a los directores de escena tiranos de la lírica contemporánea... ¿No deberían los amantes del canto, de la técnica vocal, solazarse porque esta señora, en una lógica decadencia como es lógico, pero aún en un estado sorprendente con una técnica y control sobre el instrumento únicos y que se pule a todas las barbies-camelos que pueblan los teatros, siga aún paseando esos conceptos, que ya no interesan al cotarro operísitco y que van camino de convertirse en reliquias? y ojo, los pasea por los teatros punteros. No se está refugiando en su pueblo ni en plazas de quinta categoría.
En fin, así es la vida y así es el género humano.
