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Hablando de rebeliones, he leído la Conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa, primer ministro en ejercicio durante el estreno, con gran éxito, de la obra. Por supuesto, ésta es una rebelión mucho más atildada y como de minorías más selectas que la que narra Vargas Llosa.
La pieza es sorprendentemente distraída. El estilo es morigerado y razonable, para lo que se daba entonces. Apenas hay verso y en la prosa se encuentra alguna que otra expresión feliz.
En cuanto a las acciones de los personajes, las peripecias no se despeñan en el tipo de excesos, sublimes para los espectadores de la época y risibles para los de hoy, que encontramos en el Trovador, Macías, Don Alvaro y, no digamos, Carlos II el Hechizado, por ejemplo, pero, por otro lado, es obra tan aseada, pastueña y razonable que tampoco ofrece el encanto abrasivo de los dramones de la época. También le falta cierta ambición en el desarrollo de la trama. Pese a todo, no se preocupen, no dejamos por ello de encontrarnos con hijos largamente perdidos por sus padres que reaparecen en el momento y de la forma más inoportuna, y otros encantadores resortes parece ser que inevitables en el teatro de entonces.
A Larra le deslumbró, según nos dice en la larga reseña del estreno que publicó en la Revista Española. Le gustaron especialmente la descripción del ambiente carnavalesco en la Plaza de San Marcos durante el acto III y algunos momentos del interrogatorio del último acto, y con razón. Pero, claro, cuando nos damos cuenta de las obras de las que le tocaba ser testigo (como de cualquier crimen vil), tal que María o la niña abandonada, el verdugo de Amsterdam, el expósito en Londres, la huérfana de Bruselas (sólo falta el inclusero de Bucarest), quiere uno apresurarse a excusarle cualquier entusiasmo que sea medianamente razonable.
Como ocurre con frecuencia, el juicio de Menéndez Pelayo se me antoja muy sensato: "Notable es también, aunque obra de género dudoso, tímida como innovación, y no muy animada La Conjuración de Venecia.."
En otras partes del inmenso mar de tinta que nos ha dejado este sabio tan atrapado en su propia meticulosidad se descubre un poco más de afecto por esta obra.
Más detallada crítica de don Pelayo: La mala suerte de Aben-Humeya no alcanzó a La Conjuración de Venecia, que, escrita muchos años antes, logró ruidosísimo triunfo en la noche del 23 de abril de 1834, cuando el autor, vuelto de la emigración, se hallaba al frente de los negocios públicos. Y aunque la situación era revolucionaria, y los ánimos hostiles a Martínez de la Rosa (aparte de la habitual hostilidad en España contra todo el que manda, por la común persuasión de hacerlo todos pésimamente), nadie se dejó arrastrar por la próxima y apetitosa tentación de silbar a un presidente del Consejo de Ministros, antes, con la buena fe literaria propia de aquellos tiempos, sintieron dulcemente conmovida su alma con las lágrimas de Rugiero, y abominaron del tribunal que le condenaba, recuerdo para ellos de muy cercanas arbitrariedades. La Venecia del drama es la Venecia un tanto convencional, pero poética e interesante, de puñales y máscaras, de conspiradores y ejecuciones secretas, que habían puesto de moda los románticos, y especialmente lord Byron en Marino Faliero y en Los dos Foscari. Pero como Martínez de la Rosa todo lo estudiaba bien y se cuidaba mucho de la verdad histórica, no se arrojó a presentar en la escena la conjuración de 1310, de los Querinis y de los Thiépolos, sin haber registrado antes, no sólo la Historia de Venecia del Conde Daru, sino los mismos documentos originales, coleccionados por Muratori en el tomo XII de sus Rerum Italicarum scriptores, y especialmente las cartas del Dux Gradénigo. El drama (que tiene algo de melodrama, pero no en el mal sentido de la palabra) está construído con mucho arte: al interés político se mezcla una intriga de amor, que no le destruye ni oscurece, antes aviva el conflicto de pasiones; y este amor es trágico, amor veronés, amor entre sepulcros. Hermoso y apasionado diálogo el de Laura y Rugiero, fuera de alguna afectación de naturalidad. Primorosa la confesión de Laura [p. 282] a su padre: hábil el contraste entre los dos Morosini. El reconocimiento del padre de Rugiero es un golpe teatral violento y de dudoso gusto; es lo que don Hermógenes llamaba una anagnorisis . En las escenas populares no holgarían más pormenores; pero los que el poeta introduce son muy felices, especialmente el canto de los peregrinos en la plaza de San Marcos. En toda la pieza hay, no sólo grande artificio e interés de curiosidad vivo y punzante, sino calor de alma, más que en obra alguna de Martínez de la Rosa, y afectos juveniles, vivos y simpáticos. Nunca lo terrible degenera en monstruoso; nunca lo virginal tropieza en el escollo de lo lánguido. Vivirá esta obra modesta y apacible (en medio de sus sombras trágicas), cuando haya desaparecido hasta la última memoria de esas negras caricaturas de la naturaleza humana, que hoy afrentan nuestra escena.
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