
Hermosa y contradictoria puesta de una ópera, en el fondo, muy hermosa y bastante contradictoria. Ante todo, se trata del del Così
de Ponnelle; tal es la impronta personalísima que impone sobre una lectura que hubiese sido mucho menos viable en términos únicamente musicales. Ponnelle es fiel a sí mismo: irrenunciable clasicismo, perfilado muy marcado de los sucesos y los sentimientos que genera en los personajes, estética bastante
kitsch empleada con utilidad para el argumento (pelucones y megavestidos incluidos). El director asume, fundamentalmente en el desenlace, las tesis más severas sobre esta obra, según la cual la broma y la apuesta inofesiva se acaban volviendo peligrosísimas y finalmente, alejando para siempre a los protagonistas, incapaces de asumir la crudeza de lo ocurrido. No siempre resulta igual de persuasivo (¿es necesario que para que comprendamos que
In uomini, in soldati es una incitación a la infidelidad Despina ponga croissants sobre dos retratos de Guglielmo y Ferrando para hacerlos cornudos?), y la muy personal lectura del
Fra gli ammplessi y su recitativo previo (dolorosamente mutilado, donde Fiordiligi pierde su gran frase
Al loro fianco pugnar potremo, e morir se fa d'uopo! Ite in malora, ornamenti fatali, io vi detesto), casi una figuración de una Fiordiligi enajenada, no me ha parecido convincente. Pero, aunque no sea la mía, su tesis desesperanzada sobre esta ópera la mantiene en pie hasta el final, funcionando, globalmente, muy bien.
Y con todo, como dije, menos mal, porque Harnoncourt se lía (y nos lía) mezclando efusiones líricas con sequedades a veces abruptas, concesiones a la tradición con personalismos exagerados, y ello en ocasiones desnorta el relato musical. Pero sobre todo, porque vocalmente, sólo las dos hermanas resultan plenamente satisfactorias. La habilidad de Edita Gruberova para resolver las complicadas exigencias de Fiordiligi es pasmosa, con apenas algún grave sordo que no empece los milagrosos finales de sus dos grandes arias. Delores Ziegler, por su parte, hizo muy suyo el papel de Dorabella, lo canta de forma impecable, y lo que le falta de personalidad vocal lo pone con una cuidada teatralidad. Teresa Stratas fue una artista contradictoria, con evidentes problemas técnicos y una singular personalidad artística que a veces la metió en algunos jardines difíciles de salir, y Despina tiene bastante de todo eso. Está graciosa y vivaracha por el centro, pero agria y filiforme cuando gira al agudo (con ostensibles cambios de color), y aunque entiende bastante bien el recitativo mozartiano, rompe la tuerca del histrionismo en los travestimentos (un médico estridente y desagradable y un notario donde, en su opinión, la gracia debe de consistir en toser sonidos lo más lejanos posibles a las notas escritas). Luis Lima es una especie de Rolando Villazón
avant la lettre, de color bruñido y bello y frases ocasionalmente interesantes, pero (aparte de que es el peor actor de todos) no es ningún dechado de musicalidad, tiene muchos problemas para cantar piano y crear atmósferas, y aunque se defiende en el
Tradito, schernito, en el
Aura amorosa naufraga sin remisión. Las de Ferruccio Furlanetto y Paolo Montarsolo son dos carreras que nunca he comprendido del todo, y en esta música menos que nunca: el primero parece querer imitar a Leo Nucci en una emisión no del todo resuelta compensada mediante una "expresividad" extrovertida y abierta, lo cual casa bastante mal con Mozart, y el segundo hace su enésima fullería de titiritero buffo de canto puntualmente inaceptable (qué cosa sea la frase
Lieto canto e suon guilivo empia il ciel d'ilarità solo Harnoncourt y él pueden comprenderlo). Y con todo, y pese a todo, insisto: poquísimos son los momentos en que el interés decaiga, gracias a la continua propuesta de ideas (ahora acertados, ahora menos, pero en constante fluir) de Ponnelle. En ese sentido, un muy bello recuerdo de un director tristemente desaparecido pocas semanas después de terminar esta filmación.