|
Martes 2 Opéra national de Paris, Opéra Bastille Le roi Arthus
Philippe Jordan (dirección musical) Graham Vick (dirección escénica) – Paul Brown (escenografía y vestuario) – Adam Silverman (iluminación) José Luis Basso (maestro de coros)
Sophie Koch (Genièvre) – Thomas Hampson (Arthus) – Roberto Alagna (Lancelot) – Alexandre Duhamel (Mordred) – Stanislas de Barbeyrac (Lyonnel) – François Lis (Allan) – Peter Sidhom (Merlin) – Cyrille Dubois (Un laboureur) – Tiago Matos (Un chevalier) – Ugo Rabec (Un écuyer)
Orchestre et Choeur de l´Opéra national de Paris
Los años de Nicolas Joel al frente de la Opéra National tocan ya (venturosamente) a su fin. Y este Arthus, última de las nuevas producciones de su regencia, marca algunos curiosos paralelos con las líneas generales del periodo: como la Mireille con que se abrió su primera temporada, pone de manifiesto un bienvenido interés por recuperar títulos caídos en el olvido del repertorio francés, pero como con la obra de Gounod, el esfuerzo efectuado con este Chausson parece abocado a la esterilidad, ante las más que discutibles cualidades tanto de la propia obra como de la producción que se propone. A semejanza de lo que sucede con el fracasado idealismo del personaje protagonista, el reinado de Joel se ha caracterizado por perseguir un bello ideal, en este caso la exaltación de la ópera francesa, y ha fracasado de manera estrepitosa en el empeño (Carmen, Manon, Faust, son algunos de los títulos clave que han dispuesto de nuevas producciones en estos años... ninguna de las cuales se repondrá probablemente); como Grand finale acorde con los anteriores movimientos de tan patética sinfonía dramática, esta producción de la única ópera de Chausson parece darle la razón a quienes aconsejan no remover lo que la historia ha decidido guardar en el fondo de sus cajones. Finalmente, no deja de constituir una ironía tan exquisita como seguramente involuntaria que este anti-Mortier par excellence acabe su etapa presentando en la Opéra por vez primera el Tristan francés, cuando su antecesor le dio a la Grand Maison justamente una de las producciones de Tristan más determinantes de las últimas décadas. Por cierto, gracias Mortier; a cada uno, lo suyo.
Pero basta de mezquindades: apostar por una obra grande (en sus dimensiones), compleja y desconocida como esta es un signo de inquietud artística, y si además se le destinan los medios difícilmente superables con que se le ha revestido, la ocasión posee algo de lo histórico y mucho de lo immanquable: el público de la Opéra National no había visto aún la obra (estrenada en La Monnaie en 1903), ahora ya puede decir que la ha visto (además con su tenor favorito), y lo mejor de todo con diferencia, ya no tiene la necesidad de volver a verla nuevamente, al menos dentro de un tiempo mensurable. Porque si zum Raum wird hier die Zeit, o si más castizamente el saber no ocupa lugar, lo cierto es que pese a un primer acto más o menos tolerable y a algunos momentos en los dos siguientes que incluso pueden calificarse de bellos (en especial la introducción orquestal del acto segundo y la evocadora canción del laboureur que le sigue), la obra se hace larga, muy larga, merced a un libreto infame (que mueve a una risa no siempre discreta al público), a una falta de inspiración en el desarrollo temático y a una excesiva obviedad y sumisión a la herencia wagneriana, con citas de Ocaso, Parsifal y sobre todo Tristan que son de una obviedad sonrojante, como sonrojante es el paralelismo en el argumento, en el carácter de los protagonistas y en el ambiente medievalista. Un suntuoso tratamiento de la orquesta, unas espectaculares escenas de conjunto (el final del acto segundo especialmente), algunos momentos aislados aquí y allá, no impiden que campe a sus anchas el aburrimiento.
Lamentablemente, la producción de Vick no logra rescatar a la obra de sus debilidades. El regista ha considerado que no tenía sentido presentar la obra en el medievo a que la circunscribe el libreto, y apuesta por subrayar todo lo que la trama posee de abstracto y de intemporal, actualizando la acción a un vago momento de la posguerra del siglo veinte; se habrá ahorrado así en el vestuario (vulgarmente contemporáneo), en la escenografía (única) y en el atrezzo (minimalista como de costumbre), pero se pierde el color legendario que la música reclama, así como el sentido del libreto y de las situaciones que presenta (el entendimiento de lo que sean el honor, la amistad y la traición no son los mismos en la Inglaterra artúrica que en la Sicilia de Mascagni que en el Iowa de 1950, aun cuando en los tres casos unos cuernos sean unos cuernos sean unos cuernos); y sobre todo en obra tan rara como esta, se pierde la oportunidad de presentarla al público in a proper way, porque ni la actualización dispuesta por Vick nos dice sobre la obra nada que no pudiéramos intuir fácilmente, ni la dirección de actores traspasa las fronteras de lo convencional, limitándose a un ejercicio de limitación de pérdidas (hacer que el texto resulte lo menos ridículo posible) que verdaderamente se hubiera podido realizar de la misma o mejor manera en el marco espacio-temporal de que la música nos habla.
¿Qué queda entonces para hacer tolerable la tarde? Bien, queda una magnífica interpretación musical de la obra, que extrae de ella prácticamente cuanto parece posible que pueda extraerse. Jordan quizá tenga un afecto especial por esta ópera que su padre Armin grabó hace algunas décadas. Su versión exalta el colorido post-wagneriano de la orquesta, la grandiosidad de las escenas de conjunto (inicio del acto primero, final del segundo), la sensualidad tristanesca de los dúos de soprano y tenor. Hasta donde la obra se lo permite, es variado, poético y riguroso, atento tanto a lo épico como a lo lírico. Alagna redondea una de las mejores prestaciones que se le recuerdan en mucho tiempo, haciendo brillar en grado superlativo sus virtudes ya consabidas (dicción ejemplar, línea impecable, dominio total del estilo, elegancia, control) y luciendo además un agudo más seguro y potente que en otras ocasiones (sin ir más lejos, su Cid del mes pasado), y un centro más amplio, más resonante, que permiten pensar en él sin la menor duda como un gran Lohengrin o Parsifal para los próximos años, si es que quisiera orientar en esa dirección su carrera. Como en el Werther del pasado año, le daba la réplica Koch, quien resuelve la papeleta bastante mejor de lo esperable (el papel, que han grabado Zylis-Gara o Bullock, parece escrito para una voz de mayor fuste), con entrega, arrojo e implicación, más pendiente eso sí de dar las notas que de interpretar su parte; aunque el instrumento va cansándose a lo largo de la función y algunos de los agudos acaban siendo cortos y tirantes. Hampson es un rey con autoridad, nobleza y recursos expresivos, capaz de plasmar adecuadamente los sucesivos estados de ánimo de su personaje, aunque con esa afectación y/o falta de espontaneidad marca de la casa y con algunos momentos (seguramente por aquello de la necesidad y la virtud) de canto menos post-romántico que pre-expresionista. Esto mismo se puede predicar, corregido y aumentado, del Merlín de Sidhom, a quien falta la oscuridad, la amplitud de aliento y la majestad sonora que parece reclamar la parte (se escucha más un Alberich que un Amfortas, y debería suceder lo contrario). Soberbia en cambio la prestación del muy interesante tenor De Barbeyrac, esculpiendo su texto con una elegancia alagniana; y muy bella la breve pero importante intervención de Dubois al inicio del segundo acto. Resonante y efectista aunque no refinado, el Mordred de Duhamel. En el estimable nivel del conjunto los comprimarios, resonante y espectacular el coro. Había además en escena un figurante de épicos, iowescos, refulgentes pectorales; gracias Joel, a cada uno lo suyo.
_________________ À partir d´un certain âge, la vie devient administrative - surtout (Houellebecq)
|