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La Copa del Rey volvió a tener una final con ese algo especial (por lo épico, por lo imprevisible, por la peculiarísima -y no siempre para bien- supermotivación de la afición) característico de esta competición. TELA de foto del palco presidencial (he estado pensando con cuál de todos esos señores me identifico menos, y ha ganado Angel Mª Villar) y TELA de pitada al himno nacional, lamentable, pero que de haberse tratado de una final gris y olvidable con empate a 0 y resolución en los penaltis, hubiera sido la noticia del día. Afortunadamente, el fútbol se impuso.
El Athletic duró lo que duró su alocadísima y apasionada salida, pasadísima de revoluciones (lo de Iraola estuvo cerca de lo preocupante), con la consigna clara de tratar de pillar al Barcelona en un despiste antes de tener tiempo de adueñarse del juego y, sobre todo, exorcizar el demonio de los diez minutos iniciales, tramo fatídico de juego en que Falcao y Pedro, respectivamente, habían puesto a rebufo al equipo bilbaíno en las dos finales perdidas por el Athletic en 2012. Pero (salvo Iñaki Williams, que en el minuto 70 seguía corriendo como en el 2, y tiene pinta de faltarle un tornillo, y Andoni Iraola, que le faltan los dos) así no se puede jugar 90 minutos, y a partir del minuto 10, el Barcelona domó la pasión de su rival, controló la posesión, esperó sus momentos, generó sus ocasiones y una genialidad de Messi en el 19 (¡qué gol, por Dios!) abrió una victoria cómoda que pudo ser escandalosa si el gol mal anulado a Neymar, una caída extraña de Messi en el área del Athletic o el poste de Xavi se hubiesen traducido en goles y/o Herrerín no hubiese tenido tantas intervenciones tan certeras. Con el tanto de Williams y la no-bochornosidad del resultado, los vizcaínos pueden darse por más que satisfechos.
Loas gigantescas a las aficiones, sobre todo a la vasca, por parte de los entrenadores, y momento que pudo ser chungo cuando a Neymar le dio por intentar una vaselina-sombrero de tacón (lambretta puede llamarse eso?) y la defensa del Athletic, tras derribarle de un empujón, fue a por él. Flipadísimo el gesto, y no muy elegante en ese momento del partido; matona y excesiva la reacción de un equipo, en ese momento, bastante alejado del señorío que predica.
En resumen, qué genial es Messi, y qué bonito es el fútbol cuando no es sino fútbol.
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
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