Supermaño escribió:
Bela Tarr – Armonías de Werckmeister
... el cine de Bela Tarr se las trae.
Tarr no engaña a nadie. La primera cita de Armonías es algo así como “Os pido que caminéis conmigo por la inmensidad de un vacío infinito”. Estamos ante una película reflexiva, ensayística. El argumento es casi anecdótico y más bien elusivo (la lucha por el poder en una pequeña población), los personajes, meros soportes de los distintos puntos de vista ante el conflicto. El discurrir de la película es descriptivo antes que narrativo. La puesta en escena se basa en recursos casi desaparecidos hoy de la gran pantalla: larguísimos planos-secuencia, lentos movimientos de cámara, escasez de diálogos –sustituidos bien por el silencio, bien por cuasi-monólogos. En Bela Tarr reconocemos referencias y usos cinematográficos de hace treinta o cuarenta años: Tarkovsky y Herzog, Angelopoulos y Jancsó; aquellas películas “de arte y ensayo” que con frecuencia eran más lo segundo que lo primero. También yo las veía y, en algunos casos, me cautivaron (he citado a cineastas más o menos en orden de interés). Hoy por hoy mi resistencia a la fatiga intelectual no es lo que era y hubo un par de momentos en que eché una cabezadita (la interminable entrada del tractor que trae el remolque con la ballena y la no menos parsimoniosa salida de János y el señor Eszter por el pueblo).
Sin embargo, para ser justos, Bela Tarr no es uno de esos pedantes con aires de transcendencia. Sus imágenes sí tienen algo que decir. Su discurso no es un conjunto de tópicos envueltos en escenografía de qualité. Compárese el tratamiento del tema político en Armonía con los panfletos setenteros de los antes citados Jancsó y Angelopoulos para notar las diferencias. En realidad, si no la he entendido mal, Armonías de Werckmeister (título para melómanos cuyo sentido revela el personaje del señor Eszter) va sobre el extrañamiento y sobra la capacidad crítica de la mirada y nos propone –esto va a sonar muyyy gafapasta- la saludable práctica del distanciamiento y la excentricidad frente a un mundo obsesionado por el afán de dominación. Solos los idiotas (a la rusa) se salvan de la alienación. Eszter y János, un “tipo raro” y el “tonto del pueblo”, observan el mundo real que no comprenden porque no puede estar más alejado de la armonía que tienen como ideal. Son unos ilusos. Y la capacidad de Tarr para hacernos mirar a través de sus ojos es indudablemente una de las cualidades de la película. Como lo es ese dramático contraste entre la mirada y la acción que da como resultado una de sus mejores secuencias: marcha de la muchedumbre que sigue a El Príncipe en travelling objetivo (en plan Novecento, pero despojada de toda retórica) / planos (relativamente) cortos de los actos violentos cometidos por los matones (también carentes de énfasis, ejecutados con frialdad casi burocrática) / descubrimiento (ahora en plano subjetivo) del anciano desnudo e indefenso en la ducha, mientras suena la bonita música de Mihály Vig.
He visto El caballo de Turín (2009) y estoy de acuerdo con supermaño sobre Bela Tarr. Casi no hay diálogos, las imágenes describen un mundo que literalmente se apaga. Me quedo con la larga secuencia del comienzo que destila la magia que uno espera del cine.
3 de 5.