
Me hice con este
Rheingold hace poco, en la tienda de discos de La Monnaie donde tenían un cúmulo de cds y dvds rebajados al 50%, motivo de contento para el discófago pero seguramente a la vez, señal de que las cosas no van del todo bien en este negocio de lo físico.
Provisto de una aureola cuasi mítica, por no decir cuasi sacra, desde que apareció en 2006, el registro responde a las más desenfrenadas y salvajes expectativas del wagneriano, sea perfecto o no (el wagneriano). El sonido de la grabación restituye con una inmediatez asombrosa lo que fue aquella función del 24 de julio de 1955; escuchando los discos, parecería que al fin y al cabo sesenta años no es nada. Al final se escuchan los aplausos del público, y durante toda la tercera escena hay un fuerte soplido, por momentos bastante molesto, y claramente atribuible a alguna clase de acontecer escénico. El libreto cuenta con diversas (y fascinantes) fotografías (la práctica totalidad en blanco y negro) de lo que era aquella puesta en escena de Wieland que algún teatro pudiera pensar en realquilar o en reconstruir o en replantear; se incluyen también unos breves ensayos sobre el director y sobre la obra; y el libreto en alemán e inglés.
La dirección de Keilberth no es la más refinada, ni la más profunda, ni la más espectacular; pero es refinada, es profunda y es espectacular, todo a la vez. Keilberth deja hablar a la música, asume que no es un protagonista sino un narrador, no exagera los efectos, no se demora más de lo necesario (2 horas y 22 minutos le dura el viaje), pero no lima las aristas (impresionante la violencia de la muerte de Fasolt), pero no siente rubor ante los momentos líricos (cómo se expanden las cuerdas al evocar las ondinas la dicha de las aguas resplandecientes, o al hablar Loge de lo que ha visto a lo largo y ancho de los confines del mundo). El sonido de su orquesta es oscuro, corpóreo,
alemán como lo es hoy (y lo era ayer) el de la Gewandhaus (por ejemplo); menos brillante y espectacular que el de los Wiener con Solti. Cada una de las familias y de los pupitres suena, cuando corresponde, con una claridad encomiable. Keilberth me sigue pareciendo un maestro a reivindicar, y a reivindicar muchísimo.
Como bien se sabe, el protagonista de esta obra, si es que hay uno, se llama Alberich. Aparte de ser el Alberich por antonomasia (y no digamos ya para los que crecimos en los pechos de Solti), no hay más remedio que reconocer que Neidlinger está aquí colosal (más colosal todavía que con Solti), por la adecuación en el timbre, por la justeza de los acentos, por la capacidad para dar relieve a su texto. Si se quisiera explicar a un marciano en tres minutos lo que es Wagner, bastaría con ponerle el monólogo de la maldición en la cuarta escena; si solamente se dispusiera de veinte segundos, bastaría con las frases que anteceden a ese momento,
Hüte dich, herrischer Gott! Frevelte ich, so frevelt´ich frei an mir: doch an allem, was war, ist und wird, frevelst, Ewiger, du, entreißest du mir den Ring!, en las que el personaje adquiere la intensidad, la desesperación y la
neutralidad de una Casandra.
El otro gran protagonista de la obra, Loge, aquí lo interpreta Rudolf Lustig, que concibe su interpretación resaltando sobre todo la vertiente cínica del personaje, con varios momentos en que se aproxima con toda soltura al
parlato. Demoledor en su breve intervención del final,
Ihrem Ende eilen sie zu, lleno de doblez y (falsa) petulancia en su respuesta a las Hijas del Rin, este Loge me ha sorprendido por lo escasa o nulamente heroico, es decir, por lo
moderno, o quizá es que yo tengo demasiado en la cabeza a los Loge
modernos.
Hotter es el joven Wotan, y como en el caso de Neidlinger, con decir el nombre del cantante basta. Aunque la parte no es tan lucida como la de las dos jornadas que seguirán, el cantante ya afirma toda su autoridad en frases como
Zu mir, Freia! Du bist befreit, en las que el Wotan maduro, imponente y atormentado de
Die Walküre parece que aparezca de golpe. La confrontación por el anillo con Alberich al inicio de la última escena es otro de los momentos más intensos de la interpretación.
Georgine von Milinkovic es una Fricka de voz clara, que por momentos me ha recordado en el color de la voz a Fujimura. Pinta eficazmente el carácter de una diosa-mujer vacía, al borde de lo caricaturesco, que solamente se emociona pensando en collares y en retener al marido. Maria von Ilosvay, Erda, no da tampoco la sensación de una voz particularmente oscura, aunque en vivo y en Bayreuth debía de imponer lo suyo. No digamos ya lo que debían imponer Josef Greindl (Fafner) y Ludwig Weber (Fasolt), este último dando perfectamente también el lado enamorado de su personaje (bellísimo en complicidad con Keilberth su parlamento final,
Freia, die schöne, schau´ich nicht mehr; Fasolt es el único personaje adorable del
Rheingold, y uno de los poquísimos personajes adorables de todo el
Ring). Toni Blankenheim (Donner) creo que podría haber aprovechado algo mejor su gran momento
schwüles del tramo final (y por poner alguna pega, Keilberth seguramente también, y no es que no lo haga, sino que ahí me gusta escuchar más el arco iris que los nubarrones); Josef Traxel (Froh), joven y enérgico, Paul Kuen (Mime), sinuoso y repulsivo, Hertha Wilfert (Freia), entre lo sensual y lo desquiciado, Jutta Wolpius (Woglinde), Elisabeth Schärtel (Wellgunde) y Maria Graf (Floßhilde), contrastadas pero conjuntadas como una sola, completan el reparto.
Creo que se ha notado que me gusta
El oro del Rin.