De todas formas, yo había venido a hablar de mi libro.
(que va sobre la edad de hojalata del cine, supongo).Crash (2004).
La que conocía es la de Cronenberg, del mismo título. Esta debe de ser mucho más “imprescindible”; al menos ganó el Oscar a la mejor película.
Es una obra coral, siguiendo un poco la vía abierta en su día por Robert Altman, poco habitual en la tradición cinematográfica norteamericana, pero cada vez más frecuente en el último cine “de autor” (Steven Soderbergh, Paul Thomas Anderson, etc.). La cosa consiste más o menos en analizar las tensiones raciales de una gran ciudad como Los Ángeles desde un punto de vista digamos estructural, presentando a una serie de personajes incapaces de escapar de los prejuicios y que terminan cayendo en los comportamientos más abyectos pese a que, como propone la moraleja, ninguno de ellos es en el fondo mala gente. A pesar del riesgo de amoralidad, el planteamiento tiene el valor de escapar del maniqueísmo, describiendo caracteres creíbles y poniéndolos en situaciones que obligan al espectador a admitir que seguramente habría actuado del mismo modo. El reparto está en general bastante entonado, incluidos unos Brendan Fraser y Sandra Bullock tan insoportables como siempre, pero esta vez por necesidades del guión.
La trama va entreverando las diferentes historias con habilidad, de modo que uno no tenga mucho tiempo en reflexionar demasiado sobre cada una de ellas. Porque, efectivamente, ahí está el truco: si hago el ejercicio de imaginar esta película como una serie de episodios contados linealmente uno detrás de otro, se me hace evidente el artificio argumental, la inverosimilitud, la voluntad manipuladora de su director y guionista, Paul Haggis, autor de la también sobrevalorada
Million Dollar Baby. A pesar de que se supone que es el azar lo que hace que unos personajes “choquen” con otros, siguiendo la alegoría del título, Haggis es el
Deus ex machina que va conduciéndolo todo por el derrotero y hacia el desenlace que
precisamente-oh-ya-es-casualidad abona sus tesis, poniendo a prueba la credulidad del espectador hasta un límite que yo alcancé a medio metraje, más o menos. El final es rocambolesco (el descubrimiento de los esclavos chinos, la “redención” del negro racista) y está filmado con una estética de videoclip cursi que me recordó al relamido Alan Rudolph, felizmente en paro desde hace unos años (imágenes desaceleradas, travellings de acercamiento y retroceso sobre los protagonistas de cada episodio, cancioncita de jazz-pop como fondo…).
En definitiva, un título con más pretensiones que enjundia, facturado con inteligencia y pensado para lo que finalmente consiguió: tranquilizar conciencias y seducir a los
golden liberals que suelen decidir quién se lleva las dichosas estatuillas.