Amour, segunda entrega de los “imprescindibles del siglo XX” seleccionados por el foro. En esta ocasión, a diferencia de
Melancholia, les alabo sinceramente el gusto.
Película bella y terrible, como la vida misma. Se ocupa de un asunto cada vez más presente en nuestras vidas, que podría haberse convertido en una especie de docudrama, o en un melodrama hollywoodiense, o en una película de tesis, pero que afortunadamente no es ninguna de esas cosas. En realidad, ¿de qué trata
Amour? Quizás, simplemente, de lo que su propio título nos dice. Lo hace a partir de un guión admirable, con un argumento destilado hasta lo esencial, donde no es gratuito ninguno de los breves episodios aledaños –desde la visita del antiguo alumno de los protagonistas hasta la presencia de la paloma intrusa, pasando por la angustiosa secuencia de la pesadilla. Los diálogos son un ejemplo de concisión: no se puede decir más con menos palabras –en ese primer enfrentamiento del matrimonio sobre la “carga” que uno y otro soporta, en las anécdotas que Georges cuenta sobre su propia infancia, en el duelo final entre padre e hija. Tampoco son gratuitos los pocos personajes que acompañan al trío protagonista, aportando un punto de vista externo al drama vivido por los ancianos. Estos son incorporados por unos extraordinarios Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, a los que hay que escuchar obligatoriamente en versión original. Isabelle Huppert tiene tres apariciones también memorables.
La puesta en escena de Hanecke tiene para mí dos virtudes que lo convierten en un director importante. En primer lugar, cada uno de los planos de la película es necesario. Desde una austeridad que parece hacer invisible la cámara, las imágenes cuentan todo lo que no escuchamos en los diálogos y sugieren mucho más que lo que cuentan. Vamos, igualito que en esos
blockbusters tan alabados por algunos porque no necesitan subvenciones ni empresas públicas para existir. Hay momentos magistrales, como la sucesión de planos fijos de las distintas habitaciones que servirán de escenario al drama poco antes de que éste se desencadene, o los travellings que acompañan a Georges por el pasillo para recibir a cada visitante, que remiten a la pesadilla antes mencionada. La secuencia de la “salida” de la pareja merecería un comentario plano a plano (¡ese grifo abierto!). Si alguien no se conmueve con ese mutis, debería hacérselo mirar. La segunda virtud de la dirección de Hanecke es el respeto a la inteligencia del espectador, otra cualidad no muy frecuente en el cine de consumo. El director no impone su punto de vista, ni trata de manipular al espectador. El momento culminante de la tragedia está filmado de tal manera que nos vincula emocionalmente con Georges, pero no nos impide juzgar su acto (¿por qué actúa así, por cansancio, por compasión… por amor?). Un pequeño detalle refleja mejor que ningún otro ese respeto por nuestra inteligencia: plano de Anne, ya en la fase terminal, tocando el piano como antes (creo recordar que un impromptu de Schubert) / contraplano de Georges, que parece observarla antes de apagar el aparato de audio que tiene a su espalda. El 95% de los directores nos habría endilgado un nuevo contraplano, ahora con el piano solitario. Hanecke nos deja con la mirada de Trintignant y respeta así nuestra propia mirada.