Última función ayer noche de esta
Fille du Regiment. Lo de Alexsandra Kurzak es sonrojante. Que esta señora (o señorita) se suba a un escenario es un insulto a la Música. Donde debería estar es en el conservatorio empezando la carrera de canto. Tiene la voz en el limbo y lo único que produce es una sucesión de sonidos desabridos, ásperos, desafinados e hirientes. Eso cuando se le escucha, porque afortunadamente durante buena parte de la función la voz se pierde en lontananza, lo cual es una bendición para nuestros oídos. Y hablando de apéndices auditivos, la función debía de estar patrocinada por GAES, porque los dos momentos solistas de la supuesta soprano fueron recibidos con grandes salvas de aplausos y gritos de “brava”

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Javier Camarena es un cantante competente con bastante facilidad por las alturas. De todas formas, da la sensación de que hay un exceso de presión en el registro agudo con lo cual el sonido sale con cierto aplastamiento. De la retahila de "does" que se marcó, los mejores, porque parecían más libres y con una proyección más en punta, fueron el último del
Pour mon ame, en la palabra
militaire, y el Do sostenido del final del aria del segundo acto. En esta aria (que es donde de verdad se retrata el cantante consumado, más allá del acróbata vocal) fue precisamente donde más saltaron las costuras. Al intentar cantar a media voz el sonido se va hacia atrás y pierde consistencia y apoyo, quedándose la cosa en un mero susurrito. El aria de los pepinazos le quedó bastante apañada, y efectivamente, hubo bis. Era de esperar: culo veo, culo quiero. Según dictan los sostenedores del bien común, no se debe de ir en contra de estos momentos de felicidad general porque son uno de los pocos bálsamos que nuestros congéneres tienen para no sucumbir a la devastación espiritual, sobre todo en estos momentos de penumbra que vivimos. Como no seré yo quien quiera la ruina de la humanidad (
aunque probablemente se la tenga bien merecido), sólo añadiré que lo
pasemos muy bien, y que fue
superchachipiruli y
supermegaguay todo.
Bien resuelto el Sulpice de Spagnoli, y de canto grotesco, como es habitual en ella, la Marquesa de la señora Podles. En cuanto a la cuestión orquestal, decir que, desde que nos abandonó el señor Mortier, aquel santo varón que nos libraba de todo mal, hemos caído en la más absoluta de las miserias y ya nada es como antes, y mucho menos la orquesta. Como Campanella no parece haberse esforzado demasiado, todo suena a pachanguita bien avenida, pero poco más.