Ahora que se han puesto ustedes a hablar de cine mudo, vuelvo a ir a contracorriente

, pero lo prometido es deuda. Ya he empezado a hacer los deberes; de aquí a poco tiempo, me he propuesto dejar de ser un cinéfilo del siglo pasado. La primera que ha caído de la lista forera de recomendaciones es
Melancholia.
Francamente, no ha sido una buena entrada en el “gran” cine actual. Y que conste que conozco unos cuantos títulos de Lars von Trier y no soy de los que le aborrecen. Todavía recuerdo algunas poderosas imágenes de
El elemento del crimen y valoro su capacidad de animar el cotarro con provocaciones a unos y otros tras las que pensaba que solo había una pose de quien no se tomaba a sí mismo demasiado en serio. Sin embargo,
Melancholia quiere hacernos creer que es algo más: una profundísima reflexión sobre el sinsentido de la vida con pretensión de convertirse en película de culto. Y el danés no da tanto de sí.
De entrada, el guión no hay por donde cogerlo. La primera parte cuenta un episodio entre trivial y cargante, lleno de incongruencias narrativas, en el que la protagonista se dedica a arruinar su propia boda y a fastidiar a todos los que le rodean, incluidos algunos personajes que desaparecen antes de aportar nada a la historia (¡menuda forma de desaprovechar a actores de la categoría de Charlotte Rampling o John Hurt!). Hay digresiones sin interés (la relación de Justine con su empresa), toques de humor fallidos (las reacciones del joven aspirante a tiburón del mundo publicitario o las de encargado del hotel interpretado por Udo Kier) y una anécdota bastante estúpida (el revolcón entre Justine y el susodicho publicitario). Todo ello, se supone, cobrará sentido en la segunda parte (fastidiosa manía, esta de las justificaciones retroactivas, que llegó a su caricatura en aquel último minuto de
El sexto sentido). Mientras se nos muestran las contradicciones de los personajes "razonables" de la primera mitad (Claire y su marido), Justine quedaría redimida por una razón última que explicaría su insoportable comportamiento. La historia del planeta que da título a la película es un planteamiento ciertamente sugerente, pero está al servicio de la nada, en el peor sentido de la palabra. Las memeces que ha hecho Justine hasta entonces no dejan de serlo porque ella sepa (¿y por qué sabe? A saber…). Que el giro de la película convenza a espectadores inteligentes –creo que fue Gino quien me la recomendó- demuestra una vez más otra falacia contemporánea: que cualquier negación de la trascendencia o del sentido de la vida es vista, per se, como intelectualmente superior a los planteamientos contrarios. ¡Qué tiempos estos en que el optimismo antropológico se ha convertido en sinónimo de estupidez!
Si el guión debería llevar ya a descartar
Melancholia de la selección de imprescindibles, la puesta en escena ofrece todo el repertorio de tics de Lars von Trier, solo soportables al servicio de una historia menos pretenciosa o más irónica que esta. El lenguaje visual de la película, tan ciclotímico como la protagonista, alterna las escenas de exquisitos encuadres y bella fotografía –en el prólogo (¿o preludio?) y en todo el tramo final- con el basto montaje de planos cámara en mano, marca Dogma. Estos últimos nos impiden empatizar con los personajes, contribuyendo a esa sensación de extrañamiento que debería estar al servicio de una visión crítica del espectador, como ocurre en otros filmes Dogma. El problema es que, aquí, Trier pretende manipularnos descaradamente con aquellas otras imágenes esenciales, metafísicas que nos dan La Respuesta.

¡Pal gato! Prescindiendo de ello, es cierto que algunas de esas imágenes son impactantes (el cuerpo desnudo de Justine bañado por la luz azul de Melancholia) y hasta conmovedoras (Claire acarreando a su hijo por el campo de golf), pero también hay otras de un esteticismo más propio de un anuncio de perfumes (Justine y su vestido de novia deshilachado).
Una última reflexión, claro, sobre la machacona presencia de
Tristan e Isolda. No es gratuita –casi nada lo es en el cine de este director. La música de Wagner transmite ese sentimiento trágico de la protagonista, ese sentido de aniquilación al que conduce toda la trama. Es la atmósfera perfecta para un final ciertamente memorable, con los personajes literalmente disueltos en la luz de Melancholia antes del fundido en negro. Sin embargo, una vez más, Wagner es utilizado contra sí mismo. Como si de un Peter Sellars se tratara, Lars von Trier convierte una música que habla de la trascendencia del amor sobre la propia vida en un canto a la Gran Nada –la de verdad. La música de Wagner nos comunica con la eternidad, pero en la película es aniquilada por ella, como todo lo demás. Para colmo, la versión elegida –que no he reconocido- tampoco eleva demasiado el vuelo.
Perdón por el rollo. Espero sus impresiones.
Próximamente en sus pantallas:
Amour.