Caballé-Flagstad.
Espectacular enfrentamiento y verdadera final anticipada, al menos una de las posibles. Dos artistas que han llevado el Arte del canto y de la ópera a cotas sublimes. Afortunadamente la vida del aficionado a la ópera no consiste en elegir entre la cabeza de Flagstad o la de Caballé, afortunadamente se puede estremecer uno un día con cualquiera de ellas y derretirse al siguiente con la otra.
En general no me gusta elegir entre las divas en función de sus momentos menos lucidos. Si a Beethoven se le valora por la
Séptima sinfonía y no por la
Batalla de Wellington, las divas también merecen que se les valore por lo máximo que consiguieron hacer, por aquellos momentos, breves o prolongados, en los que marcaron para siempre su arte. Sin embargo, en tan enrarecida div@maquia como esta (porque enrarecidas son las alturas en que habitan las contrincantes), la continuada exposición al público de la divina Montserrat, en un tiempo en que ya la voz no respondía con el esplendor de su época dorada, constituye un factor en su contra. También la repetida elección de papeles que no le convenían por completo, o la manera digamos apresurada que tenía de preparar algunas de sus apariciones ante el público o ante el estudio de grabación. Todo ello resulta, en su conjunto, en un retrato de la artista con desigualdades y con algunos flancos débiles, aun dejando al margen la también más que conocida primacía, en su caso, de lo instrumental sobre lo propiamente dramático (para mí no tan importante en cuanto que suponga proponer
otro tipo de dramatismo); un legado, en definitiva, no tan excelso como la cantante excelsa de quien proviene.
Frente a tal panorama, la Flagstad constituye un modelo de “seriedad” artística, y empleo tal noción a conciencia de lo poco estimulante que quizá pueda resultar a primera vista como criterio de valoración. Pero es importante, porque al final estas diosas tienen a otra diosa superior a la que servir, que es la Música. Flagstad sirvió a la Música de una manera ejemplar. Cantó aquello que creyó que podía cantar mejor, y en aquello que cantó, fue la mejor; una referencia desde hace muchas décadas en todos y cada uno de los papeles que abordó. Como Kraus, Flagstad supo elegir su repertorio (y cantó con el capital, no con los intereses). Como Fleta, Flagstad fue una artista a la que conviene bien el calificativo de trascendente, un ser capaz de crear Belleza y por lo tanto de mejorar el mundo. Como Caruso, Flagstad fue la reina del Met, y salvó al Met de la bancarrota durante la Gran Depresión. Pálido, incompleto y difuso es ya el recuerdo que guardamos de su arte.
“Se sentó cómodamente en el centro del escenario, tan sosegadamente como si fuera a tomar una taza de té en casa, y dejó salir a raudales tal torrente de sonido como jamás había oído brotar de la garganta de una mujer, un sonido que flotó sobre la orquesta como lo haría un moderno transatlántico sobre el océano... Su interpretación es perfecta hasta la última fusa, la línea melódica es moldeada con un instinto venido del cielo”; así escribió de ella un crítico al escuchar su Isolda en 1936, según recoge Gonzalo Badenes en su libro
Voces.
Así que voy a votar a Flagstad.
http://www.youtube.com/watch?v=3dfbZ6S6DU4