Ya he dicho muchas veces que discutir sobre lo obvio y lo que ya es cosa juzgada hace muchos años es absurdo y una pérdida de tiempo. Una cosa es "mover el cocotero" para dar vidilla a la cosa, incidir en los defectos de una soprano que se está enfrentando a tu favorita o intentar que auténticas leyendas como Jeritza y Ponselle (y yo sí me rasgo las vestiduras porque no estén en la lista Mary Garden, Eva Turner, Elisabeth Rethberg, Selma Kurz, Lotte Lehmann, Frida Leider, Tina Poli-Randaccio, Zita Fumagalli-Riva, Eugenia Burzio, Ofelia Nieto, Graziela Pareto, María Barrientos, Elvira de Hidalgo, Erna Sack, Francillo Kaufmann, Ernestine Shumann-Heink o Sara Dolukhanova) no reciban palizas por mero desconocimiento o absurdas alergias a la fritura. Esto es como si un amante del cine me dijera que no ve "Amanecer" de Murnau porque es muda o "La diligencia" porque es blanco y negro. De traca.
Efectivamente y dejando por delante, para que nadie se enfade, el respeto por todo el mundo, por todas las opiniones, mi amor por la libertad, la paz y la naturaleza humana en casi todas sus manifestaciones, resulta totalmente
irrelevante lo que le guste o no a ninguno de nosotros, cuando estamos ante casos tan claros, nítidos e indiscutibles como la significación de Maria Callas en el mundo de la ópera. Y es precisamente, en belcanto donde es absolutamente esencial su revolución y me da en la nariz que hay mucho desconocimiento sobre la verdadera vocalidad de algunos papeles de Bellini y Donizetti. Papeles como Lucia o Elvira de Puritani que eran patrimonio de sopranos ligeras (Ojo que yo defiendo las interpretaciones descollantes dentro de esa vocalidad, siempre defenderé el canto de coloratura de calidad) inconsistentes, personajes sin vida, muñequitas sin sangre, se convirtieron en heroínas de carne y hueso gracias a ese genio único que fue la divina. Porque esta señora no sólo legateaba como la mejor, no sólo regulaba el sonido como la mejor, no sólo realizaba toda la coloratura como la mejor, si no que lo realizaba con una voz amplia y extensa, dueña de más de dos octavas y media en sus mejores momentos y con un talento e intuición dramática irrepetibles. Hay que decir que Bellini y Donizetti no es belcanto genuino sino una especie de postbelcantismo en que la fuerza dramática y teatral es cada vez mayor. Norma, a causa de su escritura, era pasto de sopranones dramáticos con voces pesantes incapaces de hacer mínima justicia a la coloratura y requerimientos de la partitura. La Callas, nada menos, restituyó una vocalidad perdida, la soprano sfogato o también llamada drammatica d'agilità. Lo que eran Pasta, Malibran, Viardot... Es decir, voces extensas, potentes, amplias, dominadoras de la coloratura, con gran talento dramático, garra, presencia escénica y capacidad de ir acentuando cada vez más como los personajes masculinos, además de sostener tesituras onerosísimas en los extremos (Norma, Amina-sí Amina que la estrenó la Pasta como Norma, Bolena, Devereux, Borgia y luego Verdi que las dió una vuelta de tuerca en sus óperas tempranas con Abigaille, Lady Macbeth, Odabella, Lucrezia Contarini...). Porque si Verdi
acaba definitivamente con la soprano tipo angelicato con personajes femeninos que han de frasear y acentuar, insisto, cada vez de forma más parecida a los masculinos, lo hizo recogiendo una tendencia en la que ya habían incidido Bellini y Donizetti y hasta Rossini (véase el papel de Semiramide).
Precisamente el verismo ha sido lo más discutido de Callas y tengo amigos que es donde más la critican. Yo no, porque también me parece genial en ese campo.
Y no pienso cobrarles nada.
