Martinů se había acercado al campo sinfónico antes de su ciclo de sinfonías y siguió haciéndolo después. Como buen ejemplo de aquellos precedentes podemos citar su
Sinfonía concertante de 1932, las
Inventions (1934) o mi favorita, la
Sinfonietta giocossa (1940). La
Sexta Sinfonía tiene un pie dentro y otro fuera del ciclo. Fue compuesta tras un paréntesis de cinco años, en 1951, y el propio compositor prefirió denominarla
Fantaisies symphoniques, en claro guiño a su admirado Berlioz. De hecho, la obra fue pensada para y estrenada por Charles Munch, un especialista berlioziano, al frente de la Boston Symphony Orchestra.
Charles MunchLa obra es, efectivamente, diferente a las cinco sinfonías precedentes. Ha desaparecido todo resto de la forma sonata, sustituida por una sucesión de pasajes de timbres y tempi libremente conectados, a la manera de los sueños. Por otra parte, revela el permanente interés del compositor por la composición concertante, con un menor peso de la masa orquestal respecto a las secciones o los instrumentos concretos. Empieza con un Lento-allegro basado sobre una breve frase cromática comentada sucesivamente por parejas o tríos de instrumentos de cada sección. Todo el movimiento parece empeñado en apuntar nuevos motivos que no llegan a definirse, en sugerir posibilidades de construcción que terminan siendo puramente decorativas. El Poco allegro nos resulta más familiar por el impulso rítmico característico de Martinů (hay un pasaje casi calcado de la Cuarta sinfonía), dentro de un mismo tempo scherzante, pero la sensación general sigue siendo de desconcierto ante la rapsodia de líneas melódicas inconclusas sobre una armonía fundamentalmente estática. La “sinfonía” acaba con un movimiento lento cuya dosis de familiaridad procede esta vez del aire folclórico de alguno de sus pasajes, en especial un solo de clarinete situado justo a mitad de camino. No obstante, todo vuelve a resultar evanescente e inestable. El tempo varía constantemente, no solo entre “secciones”, sino dentro de una misma sección. La orquestación es una intrincada trama de arabescos sin unidad aparente.
Estas
Fantasías sinfónicas son difíciles en sí mismas y difíciles de valorar. Parecen apuntar alto, en creatividad, pero no tengo claro que el resultado sea plenamente satisfactorio. En alguna de sus apuestas, me quedo con una obra posterior, también de carácter “sinfónico”, que dejo como recomendación final y que quizás comente en algún otro momento:
Les fresques de Piero della Francesca (1955). Por ahora, ya les he dado bastante la tabarra.