
Me ha pasado más de una vez. Después de escuchar alguno de los bellísimos pasajes de esta obra (el prólogo o el
Possente spirto, por ejemplo), me animo a escucharla completa y termino aburrido y decepcionado. Esta vez he tratado de entender el porqué y creo que –como casi siempre- es cuestión de perspectivas. Desde un punto de vista histórico está claro que, aparte de su importancia como arranque de la historia de la ópera, el
Orfeo es un ejemplo de composición más atenta a la expresión y menos encorsetada por la norma que la del clasicismo renacentista. Pero, desde una perspectiva actual, lo que destaca es todo lo contrario. Uno puede apreciar más aquellos detalles –digamos- revolucionarios en un número concreto, como el recitativo de la Mensajera, de una gran libertad armónica, pero cuando se escucha el conjunto, se impone una estructura dominada por el respeto a la norma y la contención del decoro. Así, el primer acto (un episodio con aire de égloga) y el segundo (donde se desencadena la tragedia) dibujan el mismo arco dramático-musical y el coro final de ambos resulta completamente anticlimático después de producirse la muerte de Euridice.
La versión de la Capella Reial es sobresaliente en la parte instrumental, notable -con algunos altibajos- en los coros y discreta en los solistas. Simone Kermes resulta, con diferencia, lo mejor del elenco. Creo recordar que algunos foreros son admiradores de Furio Zanasi. Que me aspen si lo entiendo. El canto d’affetto le deja en evidencia, con momentos que rozan el desastre (
“Ahi, sventurato amante”) o es que ya toca cambiar las pilas del sonotone.
La dirección escénica (Gilbert Deflo) podríamos calificarla de discretamente historicista. Menos discreta es la presencia de Savall y familia (¡esas dos entradas en travelling que abren y cierran la obra!).